TERTULIAS/CHARLAS SOBRE COACHING EMANCIPADOR EN EL CÍRCULO DE COACHING ESPECIALIZADO.



Periódicamente nos reunimos en "petit comité", con un aforo máximo de 10 personas, para debatir sobre COACHING EMANCIPADOR.
Son diálogos participativos para realizar una "iniciación" en la disciplina del coaching adaptada a tu universo de sueños.
Si estás interesada/o en participar GRATUITAMENTE deja tu reserva en paco.bailac@salaidavinci.es y te informaremos de los calendarios previstos.

¡¡¡Ven te esperamos!!!



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EL TRABAJO DEBE APORTARTE ALGO MÁS QUE UN SUELDO




¡¡¡TRABAJAR NO POTENCIA MI TALENTO!!!
Haga la cuenta. Si sumara todos sus años de vida laboral, ¿con qué se encontraría? ¿con más momentos de estrés por presión exterior? O ¿con más momentos de escasa exigencia y aburrimiento? Probablemente se toparía con más de estos últimos. Pero seguramente le cueste admitirlo. Si es así, este artículo es para usted.
Se habla mucho de estrés en el ámbito laboral. El estrés afecta alrededor de un 28% de los trabajadores europeos según la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y Trabajo (Eurofound). Pero a nivel social, el estrés no es considerado una enfermedad laboral como lo es en Estados Unidos o en Canadá. En nuestra sociedad, el estrés goza más bien de buena reputación y suele reenviarnos a imágenes de trabajadores confiables, responsables y comprometidos. Tener mucho trabajo implica casi siempre estar permanentemente ocupado; y eso tiene algo de sexy y misterioso, atributos que no se les concede a quienes están más bien ociosos.
Por eso, si se fija, oirá hablar mucho más de cuán estresados están sus compañeros, que de lo poco que se les exige en el trabajo. Es verdad que existe un porcentaje nada desdeñable de la población que vive sobrecargada y que sufre de estrés sostenido debido a una tensión exterior continuada que provoca fatiga crónica. Se estima que viven en esta situación alrededor de un 20% de los trabajadores europeos. Pero sin embargo, no lo dude, son muchos más a los que les sobran las horas, los que sienten que se les exige por debajo de sus posibilidades, los que se aburren ante su ordenador y esconden mal su poco interés hacia su responsabilidades. Es decir, son muchos más los que sufren de boreout (aburrimiento crónico en el trabajo), una silenciosa situación laboral que se caracteriza por una tensión interior constante debida a la baja exigencia, la insatisfacción, la indiferencia y el aburrimiento.
Piense en usted o mire a su alrededor. ¿Le interesa su trabajo? ¿Ha tenido o tiene algún cargo que no le exija el 100% de sus capacidades?  ¿Dedica su potencial a tareas personales en la oficina? ¿Le sobran horas a su día laboral y calienta la silla? Muchos se reconocerán; pero pocos lo admitirán. Y es que ventilar en público que nos sobra tiempo o que no nos interesa lo poco que hacemos, queda mal. Además nos arriesgamos a que nos despidan si se dan cuenta de que nuestro valor añadido es humo y somos prescindibles. Y también  nos exponemos a que nos encomienden más tareas y responsabilidades.
Si estamos aburridos, esa podría ser la solución. Pero por muy contradictorio que parezca, quien padece de boreout, no desea que se le adjudique más trabajo, porque implica emplear una energía desmesurada y simplemente se rechaza. Prefiere entregarse a escondidas a avanzar en su proyecto personal o a montar la despedida de soltera de su cuñada mientras disimula garabateando papeles y cambiando de páginas web cuando acecha una mirada curiosa. Sí, quien está aquejado de este mal, elabora sibilinas estrategias para parecer ocupado. Y entra así en bucle.
Esa cantidad de horas muertas que dedica a su esfera más íntima, personal y oculta -como pasar meses buscando activamente casa por internet- y que en un principio puede ser reconfortante y bienvenida va generando con el tiempo tensión y angustia. El personaje que creamos ha de estar siempre vigilante, con estrategias bien pensadas y reacciones rápidas. Mantener vivo a este personaje cansa, estresa y genera desazón. Así que, por curioso que sea, podemos sufrir tensión laboral por evitar que se nos dé más trabajo. Además, al hacer menos de lo que podemos o hacer lo estrictamente necesario, nuestra confianza en nosotros y en nuestras capacidades mengua. Y la autoestima baja.
Lo peor es que casi nadie se da cuenta del inicio de este proceso, porque el  boreout es un proceso lento y silencioso. Como apuntan Philippe Rothlin y Peter R. Werder en Boreout, el nuevo síndrome laboral , “no se anuncia con un redoble de tambores. Las causas son historias que suceden todos los días. No necesita de ningún escándalo, ninguna catástrofe, ninguna carrera arruinada. Al contrario: a menudo todo transcurre a la perfección, conforme a lo planeado. (…) Todo es normal, pero, a pesar de todo, es malo. Y fatal en sus consecuencias.”

Dónde y por qué
Atención, no en todos los trabajos hay personas aquejadas de boreout. Si usted realiza un trabajo en cadena o desempeña labores con gran componente mecánico, como la de cajero o repartidor, será difícil que identifique este síndrome entre sus semejantes. De igual modo, si trabaja por cuenta propia, es altamente improbable que desarrolle estrategias de ocultación para con usted mismo. Pero si su empleo tiene que ver con el sector servicios y pregunta a sus amigos de confianza, en áreas parecidas, comprobará que hablamos de algo muy común. ¿Por qué?
Una de las razones por las que padecemos este síndrome, es porque nuestros intereses y necesidades no están bien alineados con nuestra carrera o puesto  de trabajo. Esto puede deberse a una elección profesional equivocada, motivada por presiones externas (padres o entorno social) y alimentada por promesas como la seguridad laboral, perspectivas salariales seductoras o estatus sociales envidiables. ¿Cuántos estudiantes de derecho o económicas conoce con intereses genuinos, que sin embargo hayan optado por esas carreras comodines porque sus padres les animaron a “tener la cabeza bien amueblada”? ¿Cuántos potencialmente excelentes árbitros, ilustradores, escritores son hoy en día mediocres abogados, comerciales o consultores? Existen tantas opciones a la hora de formarse que quién no tenga una vocación clara, o quién no haya indagado meticulosamente cuáles son sus intereses más profundos, corre el riesgo de no acertar en la elección profesional.
La no alineación entre nuestros intereses y necesidades también puede deberse a que no estamos desempeñando nuestro trabajo en el lugar adecuado para nosotros. Un jefe insufrible, un equipo boicoteador, una marca con la que no nos identificamos… También puede ser que prefiramos el ambiente y el ritmo de una pequeña empresa al de una multinacional y hayamos fichado para ésta última, o al contrario. En todas estas situaciones, quizá las tareas que desempeñamos en sí tienen potencial para satisfacer nuestras necesidades, pero el lugar dónde estamos no es el idóneo.
Otra causa se debe a la gran especialización de los puestos de trabajo. Podemos haber acertado en la carrera que escogimos e incluso en la empresa para quien trabajamos; pero la gran especialización que existe hace que corramos el riesgo de no acertar en la construcción paulatina de nuestra carrera. No son las mismas las tareas de un planner en una agencia de publicidad que las de un redactor o las de un responsable de cliente. Si nos equivocamos y no redirigimos, podemos vivir aburridos y con gran desinterés, cuando en el despacho de al lado hubiésemos sido mucho más felices.
Hay dos elementos que añaden drama al tema en España. El primero es la crisis. Una situación prolongada que ha tenido devastadores efectos en materia de empleo. Por supuesto, antes de aspirar a satisfacer nuestras necesidades de autorrealización y reconocimiento, debemos asegurar nuestras necesidades más básicas (vivienda, alimentación, salud). Lo primero va por delante. Pero no deberemos utilizar los escollos como excusa ante toda acción que nos dirija hacia esas aspiraciones más ambiciosas. Aprovechemos pues los tiempos difíciles para conocernos mejor, reconocer el mercado, elaborar estrategias, formarnos en la medida de lo posible y dirigirnos pausadamente hacia nuestra meta.
El segundo elemento que dificulta posibles cambios es la tradicional desconfianza que existe en nuestro país ante los giros profesionales. Un ingeniero que deja una gran empresa de telefonía para dedicarse a la ilustración es mirado con recelo. A un consultor que deja una gran empresa  para ser bombero – garantizo que he visto casos-, se le puede tildar de excéntrico o fracasado. A la hora de juzgar, no nos importa tanto la felicidad, las necesidades, habilidades y potencial de quién hace el cambio sino lo extraño que es éste a nuestro juicio.
¿Qué hacer?
Si a esta altura de la lectura hemos detectado indicios de boreout, estemos despiertos y seamos honestos con nosotros mismos a partir de ahora. Nuestra situación puede deteriorarse, y una comodidad inicial puede convertirse en una larga angustia profesional con el tiempo. Está en nuestras manos buscar soluciones.
Si bien las condiciones materiales (sueldo, responsabilidad,..) de un trabajo son sumamente importantes para muchos, el propósito o sentido de nuestro empleo es todavía mayor. Necesitamos satisfacción y reconocimiento. Es habitual encontrarse a personas que aceptan muchos perjuicios y no se permiten pensar en otra ocupación porque hoy en día es una suerte tener empleo. Pero eso no ha de ser un obstáculo para responsabilizarse de nuestra propia felicidad laboral.
Victimismo vs. Responsabilidad
El cambio empieza por responsabilizarnos. Tenemos tendencia a situar la culpa fuera. “Mi jefe no sabe llevar el equipo. La crisis hace imposible que encuentre otro trabajo. Esta empresa no sabe motivar al personal…” Cada vez que ponemos nuestra situación insatisfactoria en manos de alguien ajeno se desencadenan dos elementos ligados entre sí: el primero es la queja, que nos sume en un bucle negativo e improductivo; el segundo es que limitamos nuestras posibilidades de intervención.
Si el responsable de mi situación es el otro, pensamos que poco podemos hacer.  En caso de que hayamos detectado indicios de boreout  puede ser interesante dejarnos de echar balones fuera porque los primeros perjudicados seremos nosotros. Si reunimos algo de valor, podremos hacer que las cosas cambien. Actuando desde nosotros mismos se nos abrirán posibilidades de acción para conducirnos a situaciones más satisfactorias. Podremos por ejemplo mantener una conversación productiva con nuestros responsables para formarnos y presentarnos candidatos a otros tipo de puestos si nuestras tareas no son las adecuadas; indagar cuales son nuestros más profundos intereses, nuestras habilidades y nuestras necesidades actuales e iniciar una genuina transición profesional, si es lo que no nos satisface; empezar un proceso de búsqueda de empleo por cuenta propia o por cuenta ajena, si es el lugar el inadecuado. En este último caso, nos será mucho más beneficioso actuar en función de nuestros auténticos intereses, valores y motivaciones. No pensando en aquéllos que hacemos nuestros por las modas o que nos son sutil y machaconamente sugeridos para tener muchas opciones de futuro.
Si nos guiamos por nuestras verdaderas inclinaciones, probablemente nos descarten de muchos procesos, pero los puestos para los que no nos aparten, se adaptaran mucho mejor a nuestras necesidades y por lo tanto serán mucho más satisfactorios. Trabajamos una parte demasiado grande de nuestra vida para entregarla a la inercia del desinterés y el aburrimiento. Pónga manos a la obra.

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Pero existen otras personas que aprendieron a comportarse de forma violenta.
Estas personas utilizan esta conducta para obtener poder. Son personas irritables que explotan fácilmente, que rumian y en lugar de trivializar lo que acontece alrededor convierten sus vivencias en algo catastrófico. Tienden también a ser susceptibles, A pesar de que muchos de ellos se arrepientan de sus gritos y sus malas formas, sufren por su falta de control. les cuesta un mundo controlarse.
Su tipo de conducta agrevivas es espontánea, relacionada con estados emocionales, como los ataques de cólera. No tienen intención de hacer daño no es dilculpa, pero sí un punto de inflexión para poder cambiar. Tienen un problema con la impulsividad, con su capacidad para relacionarse y comunicarse y sus arranques pueden ir acompañados de frustración y arrependimiento. No les gusta comportarse así, pero no saben hacerlo de otra manera.
Las emociones que pueden llevarles a dispararse son la ira, la agresividad, la ansiedad, la frustración, los celos, la envidia, en definitiva, los malos sentimientos y todas esas emociones que interpretan como un sufrimiento.

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A las personas violentas podemos dividirlas en dos bloques:

Las que sufren un trastorno psicológico, como el trastorno de la personalidad antisocial, las personas con ideas paranoides que piensan que los demás les van a hacer daño y otros trastornos de la personalidad como el límite o el narcisista que suelen ser muy dañinos para las personas que conviven con ellos.
Muchas de estas personas con trastorno de la personalidad disfrutan con el sufrimiento ajeno y les estimula cruzar los límites. Los antisociales carecen de empatía y no tienen sentimiento de culpa ni remordimiento cuando infringen dolor. Otros tienen rasgos sádicos, son frios e insensibles con el dolor ajeno, abusan y no se sienten mal por ello.
La conducta impulsiva es otro de sus rasgos. No saber esperar, planificar. Lo quieren todo y todo ya. Da igual el coste emocional que tenga para otras personas.
A los que tienen un pensamiento paranoide, anticipan que otros tienen intención de hacerles daño, esperan cosas negativas de las personas y son muy suspicaces.
Muchas de estas personas que están clasificadas en el manual de los trastornos mentales, muestran una agresividad planificada o predatoria, se preparan para hacer daño. El daño es intencionado, no es el fruto de una reacción impulsiva a un estresor, Este tipo de agresividad no responde a una percepción de amenaza. Tiene otras motivaciones detrás: conquistar poder, tener algo que no es suyo, poseer a un hombre que desea y que no responde a tus expectativas. Responden a la violencia predatoria los dictadores, abusadores sexuales, los maltratadores, los líderes religiosos extremistas, un jefe autoritario, dogmático y cruel.... hasta los psicópatas que encuentran placer cuando infringen dolor. Hacer daño les excita y les atrae.

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El origen también está en lo biológico, social o antropológico. La neurociencia está estudiando los circuitos cerebrales que activan e inhiben el lóbulo frontal. Las emociones nos llevan a comportarnos de una manera determinada, y hay un cortocircuito que impide que se dé esta acción, que en este caso es la respuesta violenta. Pudiera ser que los agresivos y violentos carecieran de la capacidad para activas este cortocircuito,

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La conducta agresiva es una forma de responder al ambiente, exista una amenaza real o no. Muchas personas aprenden en su casa que la manera de obedecer es a traavés del grito, de la bofetada o del castigo. Ser autoritario tiene muchos beneficios, como que enseguida te respondan tus hijos o tus empleados. La gente te percibe como un peligro, y como sus recursos no son suficientes para hacer frente a los tuyos, deciden optar por la respuesta sumisa. Una persona agresiva y violenta convive en una zona de confort con alguien que soporta su desprecio y abuso, ya sea porque no le queda más remedio o porque no tiene recursos personales para salir corriendo.

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Personas violentas y agresivas (2)

Hay muchas teorías para entender el origen de la violencia. La conducta agresiva puede ser la reacción ante una amenaza, la manera que tiene la persona de responder cuando se siente intimidada. Si las personas no tuviéramos esa reacción agresiva, llena de adrenalina, no podríamos responder biológicamente ante un peligro real. El problema es convertir en una amenaza cosas que no lo son, como que tu pareja no te ponga un plato caliente en la mesa, o que no te guste cómo conduce el conductor de delante de ti.

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Personas violentas y agresivas (1)

El ser humano tiende a protegerse de lo que supone una amenaza. Las personas violentas y agrasivas son una amenaza, tanto para nuestra salud física como para la emocional. Nos gusta rodearnos de personas que nos hagan la vida fácil, sean cariñosas, complacientes, buenas personas, que nos contagien de su buen humor y e toda su energía positiva.
Pero a veces nos encontramos con todo lo contrario. Personas que levantan la voz, que te intimidan con sus gestos, que se comunican de forma agresiva y violenta. Gente llena de rencor, de inseguridad, que para superarse necesitan dañar y menospreciar a los demás. Porque así tienen valor.

DESDE LA INFANCIA, LA SOCIEDAD INCULCA LA IMPORTANCIA DE APRENDER A PERDONAR


La carcoma del resentimiento

Perdonar no es fácil, pero fantasear con la venganza solo prolonga el rencor. Hay que pasar página, no hacerse tantas preguntas y pensar en el futuro


Hace tiempo impartí una conferencia en una prisión de hombres. En el discurso hablé de emociones tan corrientes como la vergüenza, la pena, la rabia, el miedo o el resentimiento. En el turno del debate, uno de los internos contó cómo al ingresar en el centro penitenciario se sentía muy dolido por algo que su novia y su mejor amigo le habían hecho. No dio más detalles. Simplemente explicó que cada día, al despertarse, se encontraba encerrado no solo tras las barreras físicas de la cárcel, sino en una auténtica jaula de rencor. El detalle más punzante es que confesó que estuvo varios años así. Un día se dio cuenta de que el resentimiento era absurdamente inútil. ¿Qué iba a conseguir fantaseando continuamente con vengarse? Semanas después, la bibliotecaria que me invitó a impartir aquella conferencia me contó que, a raíz de esa confesión, otros internos resentidos se acercaron a él porque también querían deshacerse de esa carcoma que sentían en el pecho. Después de escuchar el testimonio de su compañero, comprendieron que era posible dejar a un lado el rencor.
Desde la infancia, la sociedad inculca la importancia de aprender a perdonar. De hecho, la atmósfera judeocristiana está impregnada de ese mensaje. Pero desde la psicología se le ha dado otro significado al perdón. Lo que se desprende de los estudios realizados en este campo es que no se debe perdonar con fines altruistas, sino por puro egoísmo. Es decir, hay que olvidar para alimentar nuestra propia felicidad. Para entender el sentido de este verbo, lo mejor es aclarar lo que no significa.
No quiere decir que haya que olvidar. No existe ninguna cirugía que extraiga del cerebro recuerdos tan dolorosos como los que han sufrido las víctimas de malos tratos, o aquellos que fueron el blanco de una estafa o de cualquier otro tipo de abuso o humillación. Es muy complicado vivir con ese dolor sobre la espalda, pero al final se puede superar. El milagro del perdón es que su capacidad corrosiva se va diluyendo. No solo mengua su mordiente, sino su aparición en la conciencia. Los recuerdos permanecen allí, pero, si se logra dejarlos atrás, es posible que no afloren tan a menudo. Al final aparecerán solo cuando se les invoque, pero nunca lo harán por sí mismos. Es comprensible que cuando el rencor está en plena ebullición, el resentido no se crea esta teoría, pero hay que confiar.


“La gente no está dispuesta a renunciar a sus celos y preocupaciones, a sus resentimientos y culpabilidades, porque estas emociones negativas, con sus punzadas, les dan la sensación de estar vivos”, dijo el Maestro. Y puso este ejemplo: “Un cartero se metió con su bicicleta por un prado, a fin de atajar. A mitad de camino, un toro se fijó en él y se puso a perseguirlo. Finalmente, y después de pasar muchos apuros, el hombre consiguió ponerse a salvo. ‘Casi te agarra, ¿eh?’, le dijo alguien que había observado lo ocurrido. ‘Sí’, respondió el cartero, ‘como todos los días”.
No significa tener que entender al otro. Es más fácil superar el resentimiento si se conocen los motivos que han llevado a la otra persona a hacer daño, pero no siempre existe una explicación lógica. Y sin embargo es muy tentativo caer en el error de buscar argumentos racionales que fundamenten el daño sufrido. Pero si se sigue este camino, se acabará dando vueltas y más vueltas a todos los detalles, pero no se concretará nada. Es decir, se adentrará en un laberinto de difícil salida.

Fred Luskin, director del departamento de estudios relacionados con el perdón de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, aconseja que es bueno olvidarse de las expectativas sobre cómo deben actuar los demás para que ese laberinto del rencor se desplome por sí solo. Este lío llega a enzarzarse aún más cuando alguien se hace preguntas del estilo “¿Por qué a mí?”. Lo conveniente es intentar no dar respuesta a esta cuestión porque lo único que genera es más frustración.
No hay que reconciliarse forzosamente con el pecador. El perdón tiene más finales de los que nos enseñaron. No se trata obligatoriamente de poner la otra mejilla, quizá usted no esté dispuesto a arriesgarse más. Lo que cuenta es sentirse bien con uno mismo y quizá sea imposible volver a confiar en esa persona. Por este motivo, se puede llegar a perdonar a alguien y luego decidir si se quiere o no apartar a ese pecador de nuestra vida.
Entonces, ¿qué significa perdonar? Se trata simplemente de pasar página y olvidarse de la venganza. Un estudio dirigido por Christine Bogar y Diana Hulse-Killacky, de las universidades estadounidenses de Alabama del Sur y de Nueva Orleans, que fue publicado en 2011 por la revista Journal of Counseling & Development, muestra cómo el perdón fue la clave para que una decena de mujeres superaran los abusos sexuales que habían sufrido durante su infancia. Todas relataron que perdonar al agresor supuso un gran logro para dejar atrás ese capítulo de su vida. Saber olvidar es, por tanto, poner la felicidad en nuestras manos y no en manos del otro. Según algunas investigaciones, perdonar garantiza más años de vida, menos depresión y riesgo de infarto, una presión arterial más baja e ­incluso un sistema inmunitario fortalecido. En definitiva, la exoneración trae consigo bienestar y salud.


Por lo costoso que muchas veces puede resultar, solo se puede perdonar si se crece interiormente. Everett Worthington es, además de ingeniero nuclear, catedrático de Psicología de la Universidad de Virginia (Estados Unidos) y está especializado en el tema del perdón. Worthington confesó en una entrevista que alguna vez él también se había sentido incapaz de olvidar. Un ladrón entró en casa de su madre y la golpeó brutalmente hasta matarla. Su primer pensamiento fue acabar con el agresor con su bate de béisbol. Por aquella época, Worthington acababa de publicar uno de sus libros sobre la capacidad de perdonar. Parecía que la vida le estaba gastando una broma de mal gusto para probar si en realidad sabría aplicarse el cuento. Al final superó la prueba. Se puso en el lugar del ladrón y pensó en el pánico que habría sentido al entrar a una casa que creía vacía y encontrarse a una señora. Entonces se dio cuenta de que él mismo no era mejor que el ladrón porque en realidad el asaltante reaccionó al pánico y, en cambio, él se había planteado que quería asesinarlo.

¿El tiempo ayuda? No es fácil controlar las emociones y sentirse humillado es bastante normal. Pero una vez superado este primer sentimiento debe hacer acto de presencia la voluntad. A partir de aquí el tiempo puede jugar a favor o en contra. Si el resentimiento se enquista, se volverá crónico; si se deja pasar, será más fácil seguir adelante. Aunque pueda parecer de una obviedad aplastante, es necesario querer pasar página. A veces, alguna parte de nosotros está gozando con ese sufrimiento. Nos hace sentir vivos, lo preferimos a la planicie que, se intuye, vendrá después. Hay que proponerse dejar atrás lo que nos daña, como hace el personaje de Scarlett O’Hara en la película Lo que el viento se llevó cuando dice: “A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre”.
Para liberar el resentimiento, los expertos también sugieren pensar en el futuro. Sin embargo, cuando se está dentro de la oscura habitación de la amargura y se mira al exterior, la luz puede cegar tanto que es imposible ver nada. En ese estado es fácil cuestionarse qué sentido tiene pensar en nuevos propósitos. Pero la vida sigue y hay que volver a acostumbrarse a la claridad del día. Poco a poco irán apareciendo nuevas siluetas que nos devuelvan la ilusión y den portazo a los sentimientos más dolorosos. La puerta de esa habitación se abrirá solo después de un acto sincero de introspección. Entonces saldremos sintiéndonos diferentes, habremos madurado y lo que encontraremos fuera será mucho mejor de lo que recordamos.

SI A MI VOLVIERAS.....

Aprender y no actuar vale para poco

El movimiento implica la posibilidad de equivocarse, pero es la única manera de enriquecer el intelecto y fomentar la creatividad


Para pasar de las ideas a los hechos es necesario actuar, y toda acción viene precedida de una decisión y un compromiso firmes. Si esto falla, las buenas intenciones se quedan en el simple plano de la teoría. Los hechos revelan mucho más de alguien porque tienen más significado que las palabras. Al final, tener cierto conocimiento de algo sirve de bien poco si no se lleva a la práctica.
La inercia es la propiedad que tienen los entes de permanecer en su estado de reposo, o movimiento, mientras la fuerza aplicada sea igual a cero. Como consecuencia, un cuerpo conserva su estado si no hay una fuerza actuando sobre él. Hasta aquí es fácil entender que las personas que están inactivas tenderán a seguir sin moverse y que las activas seguirán su ritmo. Pero ¿qué es lo que nos detiene?
Cuando un cohete es lanzado al espacio consume la mayor parte de combustible para vencer la fuerza de gravedad. Salir de la atmósfera le exige mucha energía y tal vez pudiera parecer que todo su periplo será así: esfuerzo y más esfuerzo, motores a máximo rendimiento. Pero es justo lo contrario: una vez fuera, la inercia juega a favor de la nave espacial y requiere mucha menos energía para avanzar, siempre a una altísima velocidad. Así ocurre con casi todo lo que emprendemos. Lo que cuesta es empezar, pasar a la acción.
Hay dos fuerzas que en muchas ocasiones impiden actuar: la inercia interna y la externa. Y de las dos, la más fuerte es la interna. Es la batalla que tiene lugar en la mente y que exige desarmar las excusas que bloquean la acción. El rival interno, es decir, uno mismo, es el más difícil de vencer; pero una vez derrotado, superar los obstáculos que vienen de fuera es relativamente más sencillo. Pasar del reposo (no hacer) al movimiento (hacer) exige elegir, y esto siempre implica renunciar a otras opciones. Por ejemplo, cuando nos enamoramos de alguien estamos desechando al resto de candidatos, o cuando decidimos un destino vacacional renunciamos a todos los demás. Una decisión es una eliminación de alternativas, y el inconsciente lo percibe como una pérdida, aunque solo sea de opciones y no real.

Actuar, además, implica la posibilidad de equivocarse. Aunque no hacerlo puede traer peores consecuencias, las personas perciben que la inacción los protege del error, y que el fracaso solo es posible cuando uno selecciona la carta incorrecta. No sospechan que no elegir es de hecho elegir no hacer nada, lo cual también es una decisión. Otra causa para mantenerse inmóvil es no disponer de referentes que hayan tomado esa misma actitud y hayan actuado en consecuencia. El éxito de los demás es siempre inspirador. Revela que si ellos pudieron actuar y conseguir resultados, el resto puede hacerlo también. Modelar el comportamiento de la gente exitosa es un buen recurso para decidirse a dar el paso.

El ser humano es un buscador de conocimiento insaciable, pero no aprende de lo que oye, lee, memoriza o estudia, sino de lo que pone en práctica. En la pirámide del aprendizaje, el conocimiento intelectual es ampliamente superado por las lecciones que se aprenden mientras se actúa (learning by doing, tal y como se conoce en inglés). Saber desde la teoría es tener información, pero saber desde el hacer es conocimiento. Tampoco se trata de hacer por hacer, sino de sacar conclusiones del resultado de los actos para modular el comportamiento. Saber y hacer no deberían ser polos opuestos, ya que de su maridaje (saber hacer) se obtiene la buena práctica de lo aprendido.
El sabio es quien conoce pocas cosas pero las domina, el sabihondo es el que sabe mucho pero sin profundidad. Vale la pena llegar hasta el fondo del conocimiento en lugar de flirtear con la información. Hoy día hay un exceso de datos comparado con la capacidad de hacer algo con ellos, y no se dispone ni de tiempo ni de las herramientas para hacer uso de toda la información a la que tenemos acceso. Nos ahogamos en un océano de conocimientos que no han sido validados por la experimentación. Esta sobredosis genera adicción y, absorbidos por la necesidad de conocer más, olvidamos llevar a la práctica todo lo que aprendemos. Un ejemplo de ello es la obsesión por leer una cantidad de libros sobre un tema sin apenas profundizar en ninguno. Olvidarlo casi todo y acabar hecho un lío, sin saber qué pensar.

“Sé que mucha gente dice ‘no’ o ‘déjame que lo piense’ de manera automática, un tipo de respuesta de Pavlov a una pregunta, tanto si no tiene importancia como si es importante. Quizá sean demasiado precavidos o sienten cierto recelo hacia las nuevas ideas, o sencillamente, necesitan tiempo para pensar. Pero esa no es mi manera de afrontar las cosas. Si algo me parece una buena idea, digo: ‘Sí, lo tendré en cuenta’, y luego pienso cómo llevarlo a cabo. Por supuesto que no digo que sí a todo. Pero qué es peor: ¿cometer un error ocasional o tener una mente cerrada y perder las oportunidades?”.

Hagámoslo, Richard Branson.
El exceso de información provoca un empacho de análisis y en ese momento es cuando llega la parálisis. La explicación a este fenómeno es sencilla: es más fácil aprender que hacer. Supone un menor riesgo, por lo que es más cómodo. Cambiar una creencia es sencillo, pero modificar el comportamiento ya es otra cosa. Cuántas veces, en una conversación, alguien dice: “Sí, eso ya lo leí”, o “sí, eso ya lo sé”, pero es un conocimiento de oídas, no experiencial. Lo que se conoce pero no llega a ponerse en práctica en realidad es como si no se supiera (simplemente se está de acuerdo).
La mente está en un proceso continuo de aprendizaje y olvido. La nueva información entra en nuestra cabeza para borrar la anterior. Y la única forma de fijar esos datos es o bien por experimentación o por repetición. Si se olvida lo que se lee –y eso va a ocurrir–, nada mejor que resumir lo aprendido. Se pueden redactar notas o, mejor aún, crear un mapa mental, una especie de cartografía que contenga las ideas más relevantes de lo leído y aprendido.
Si un concepto está en el pensamiento pero no se expresa, en realidad es como si no estuviera en ninguna parte y acaba perdiéndose. Cuando tenemos una buena idea, es imprescindible anotarla para que no se disuelva. Tomar apuntes o hacer listas, por ejemplo, funcionan bien como recordatorio, aunque no mejoran nuestra creatividad. Una buena forma de aprender es enseñar las propias ideas que queremos conservar. No es ninguna contradicción. Enseñar lo aprendido, compartirlo una y otra vez, hace que la teoría se integre y acabe por formar parte del docente, y así acaba reflejándose en su comportamiento.
Los mapas mentales consisten en un esquema que parte de una idea central de la que van radiando otros nuevos planteamientos, con el uso de colores, imágenes y palabras clave. El poder de este resumen tiene efectos en la creatividad, la memoria, la organización de las ideas, la percepción y la comprensión, entre otras cualidades. La cartografía intelectual es una técnica superior a la repetición, a las listas y a la enseñanza para conseguir un aprendizaje acelerado. Si ese croquis formula además un plan de acción, el éxito está garantizado. Las personas exitosas incluyen en su plan de acción lo que acaban de aprender, no se limitan a saberlo, prefieren hacerlo, y pasar así de la teoría a la acción. En resumen, todo se reduce a la transferencia de información en la experimentación. Una pregunta que todo el mundo debería plantearse de vez en cuando es: ¿cómo llevar a la práctica lo que acabo de aprender en la teoría?

TEXTOS PARA EL ALMA 433

¿EMPODERAMIENTO DE LA CIUDADANIA?

 La representación no...... parlamentaria en Catalunya es un fenómeno curioso ya que actúa como soporte de los partidos soberanistas o quizá ha puesto a éstas formaciones políticas al dictado de  su voluntad.
Escuchar, hasta hace poco, a la representante de LA ASAMBLEA NACIONAL CATALANA, a la señora Carmen, era un acontecimiento para las masas soberanistas ilusionadas por ella. Ha sido, diría, el impulso popular que entusiasmo al pueblo.
Junto a ella pero con mayor moderación, Muriel, dama que representa a la organización  OMNIUM CULTURAL han construido ese estado de ánimo propio de una "noche de reyes"  que ha supuesto para la globalidad del "territorio" un estado de ánimo pre-bélico.
Y con este "sueño" bueno o malo han llegado las elecciones municipales 2015; y aquello que parecía un paseo para el soberanismo, no ha llegado. El estandarte del capitalismo teñido de catalanismo que guiaba la ciudad de Barcelona, ha perdido representatividad después de "destaparte" una trama de corrupción multimillonaria de su fundador y "pal de paller" señor JORDI PUJOL y familia.
Ahora "el territori", como el imperio romano, se está desmembrando en una "sopa de siglas" desordenadas que buscan el poder como sucedió en 1975.
Se han perdido 40 años de evolución gracias a CiU y esta formación, a la desesperada con Muriel y Carmen de "palmeras", intenta salvar sus intereses convocando elecciones en el "territori" para Septiembre 2015, justo después de que OMNIUM y la ANC nos entusiasmen con los fastos nacionalistas de la Diada.
En paralelo, la sociedad "real", pasa privaciones sanitarias, laborales y culturales sin que sus representantes se pronuncien al respecto.

El futuro son salarios y horarios nivel China y majestuosas representaciones de "pais" divino solo para las familias del poder, donde el "gran timonel" Jordi Pujol estará eternamente representado.
¡¡¡ ya tenemos president !!!

¡¡¡ NADA ES COMO QUEREMOS !!!


¿Das más que recibes?

Entregados y egoístas; altruistas y cicateros; cada uno tenemos un papel a la hora de dar y de recibir. Conocerlo bien es clave para el éxito


Aunque dar y recibir son dos aspectos de la interacción humana que deberían estar en armonía, lo cierto es que hay personas más propensas a dar a los demás y otras que reciben mucho más de lo que ofrecen. Sin embargo, no siempre somos conscientes del rol que desempeñamos, ni sabemos identificar cuál es la tónica de los demás.
En su libro Dar y recibir, Adam Grant, profesor de la escuela de negocios Wharton School, en Estados Unidos, estudia este aspecto fundamental del intercambio entre seres humanos y revela unos resultados sorprendentes.
Grant, que además de docente es psicólogo, clasifica a las personas en función de cómo se relacionan con su entorno.
Donantes. Son aquellos que dan por sistema a los demás, en muchos casos para obtener su cariño y aprecio. Este grupo se divide a su vez en dos subgrupos que se analizarán más adelante.
Receptores. Son los que reciben los favores del resto, ya se trate de dinero o de tiempo, y lo hacen en una cantidad notablemente superior a lo que devuelven.
Equilibradores. Buscan una armonía entre lo que aportan y lo que obtienen, y están atentos a las interacciones según este criterio. No es la tipología más común.
Falsos donantes. Bajo una máscara de generosidad, su estrategia es dar uno y quitar diez. Suponen una amenaza mayor que los donantes porque actúan de manera encubierta.
Un primer paso para darse cuenta de cómo son nuestras relaciones con los otros sería identificar nuestro papel entre estos cuatro grupos y, acto seguido, tomar conciencia de qué tipo de personas nos rodean.

Dos adictos que se necesitan

Henry Miller, novelista norteamericano que vivió de forma bohemia en la Europa en los años treinta, logró llevar adelante su sueño de escritor durmiendo en casas de amigos y subsistiendo a base de préstamos que no devolvía. El autor de Trópico de Cáncer, entre otras obras de inspiración biográfica, decía que para que se pueda establecer una relación asimétrica de este tipo “se necesitan dos enfermos: el adicto a pedir y el adicto a dar”. Sin uno no puede existir el otro, ya que ambos alimentan así sus carencias.
Sin duda, cualquiera ha ejercido alguna vez el papel de donante y ha ayudado a receptores que a menudo no dan ni las gracias. En su best seller, Grant les define a estos últimos de la siguiente forma:
“Los receptores tienen un rasgo característico: les gusta obtener más de lo que reciben. Inclinan la reciprocidad a su favor y ponen sus intereses por delante de las necesidades de los demás. Creen que el mundo es un lugar competitivo, una auténtica jungla donde los unos devoran a los otros. Piensan que para alcanzar el éxito tienen que ser mejores que el resto. Para demostrar su valía, se promocionan a sí mismos y procuran que sus esfuerzos reciban los elogios que se merecen. No son crueles ni despiadados; son simplemente cautos y poseen un gran instinto de autoprotección. “Si no pienso en mí y me pongo por encima de todo lo demás”, piensan, “nadie lo hará por mí”.
Curiosamente, los receptores no siempre llegan a los puestos más altos de sus estructuras, como menciona Grant en un estudio estadístico realizado por expertos en ciencias sociales. La primera conclusión de esta investigación es que los donantes suelen ocupar la parte más baja del escalafón en todas las profesiones. Quien se ocupa de darlo todo es, lógicamente, quien menos dinero tiene y raramente alcanza puestos de responsabilidad. En la punta de la pirámide del éxito, sin embargo, no están ni receptores ni equilibradores.
Así como los donantes están instalados en la parte baja de la pirámide, los otros dos grupos ocuparían un lugar intermedio. Entonces, ¿quién reside en la cúspide?
Nuevamente los donantes.
¿Pero cómo es posible? ¿No habíamos quedado en que los que ceden ocupan la parte inferior de la tabla? La respuesta es: sí, pero se trata de cierto tipo de donantes cuya generosidad les ayuda a alcanzar el éxito.
Para entender por qué hay una clase de donantes en el escalafón más bajo y otra distinta en lo más alto de la pirámide, hay que analizar cómo funciona cada subespecie.
Donantes estrella. Son aquellas personas con criterio para gestionar su generosidad de forma inteligente. Saben cuándo dar, con quién, cómo y a cambio de qué. Pertenecen a esta categoría los inversores que apuestan por una start-up y ven multiplicados sus ingresos, los que cultivan relaciones que les reportan contactos beneficiosos, o los que realizan donaciones a cambio de prestigio social para ellos o para su marca.
Felpudos. Este término acuñado por Grant define a los que dan indiscriminadamente, de manera que su actitud se toma como una enfermedad, algo que necesitan hacer para sentirse bien. Su entorno se acostumbra a la generosidad permanente hasta el punto de que sus donaciones dejan de ser valoradas. Al contrario, si un día no dan algo, entonces son señalados como seres crueles e injustos. El apelativo “felpudo” encaja bien en este perfil, ya que al final todo el mundo les pisa.
La diferencia básica entre ambas clases es que los felpudos establecen relaciones asimétricas, mientras que los donantes estrella obtienen beneficios, aunque sea a medio o largo plazo, de su generosidad. En palabras del escritor de libros de autoayuda Stephen Covey, estos últimos operan desde el win-win, es decir, son capaces de establecer relaciones en las que todos ganan.

Esta obra que ha estado en las listas de The Financial Times y de The Wall Street Journal es un ensayo que, además de clarificar los tipos de relaciones que promovemos, aporta una visión optimista para transformar la generosidad enfermiza en vínculos enriquecedores que impulsen el bien de todos.

Para tener una relación saludable con el mundo no hay que señalar culpables. Ni siquiera se puede hablar de buenos y malos, dado que la mayoría de personas no son conscientes de qué rol ejercen, sino de las decisiones acertadas o equivocadas que parten de uno mismo.
Como dice la sabiduría popular, cada uno es “responsable de lo que le sucede”, ya que cada actitud tendrá un impacto en el comportamiento del otro. Por tanto, el primer paso para sanar la adicción a dar es asumir que se está desempeñando ese papel sin ver compensación alguna, como sería el caso del donante estrella. Hay una serie de medidas que se pueden tomar para lograr unas relaciones más justas y saludables.
Saber qué nos impulsa a ceder. ¿Por qué entregamos lo mejor que tenemos a todo el mundo constantemente? En palabras de Antoni Bolinches, “el origen suele estar en una falta de amor en la infancia. Las personas que han recibido poca atención de su padre o de su madre cuando eran niños, de adultos buscarán el amor en todo el mundo e intentarán comprarlo a través de una entrega enfermiza”.
Detectar a los vampiros. Si hay receptores en el entorno que no paran de exigir, hay que saber apartarse de ellos a tiempo y frecuentar otro tipo de compañías.
Esperar la ayuda. Aunque sorprenda, la inmensa mayoría de las donaciones se llevan a cabo a propuesta del donante, que ofrece su dinero, su tiempo o sus contactos para ser útil. Si ayudamos solo a quien lo pide expresamente, habremos eliminado ya hasta un 90% de las donaciones.
Dar a quien lo merece y necesita. El ­último paso en este proceso curativo sería elegir bien a quién damos. La primera pregunta que debemos plantearnos es si nuestra relación con el receptor justifica la donación. En segundo lugar, plantearnos si nuestra ayuda es realmente necesaria, o bien la persona puede procurarse lo que reclama por sus propios medios.
De lo que se trata, al final, es de establecer relaciones justas con los demás y con uno mismo, y de que cada persona asuma sus responsabilidades. Llegados a este punto, ya no hablaremos de dar y recibir, sino de compartir la vida con toda su riqueza.

LA INSATISFACCIÓN PERMANENTE ACABA ALEJÁNDONOS DE LAS METAS QUE ENRIQUECEN LA VIDA.

Renunciar para ser felices

La insatisfacción permanente acaba alejándonos de las metas que enriquecen la vida. Tomar decisiones es un primer paso en el camino hacia el disfrute.


Si observamos a nuestro alrededor nos daremos cuenta de la gran diversidad de personas que nos rodean. Gente muy distinta a nosotros con sus propias prioridades, valores, ilusiones y miedos. Aunque son muchas las cosas que nos separan de ellos, una nos une de un modo singular: el deseo de ser felices. Pero esa dicha en ocasiones nos puede resultar un tanto esquiva. Seguimos sin saber qué nos acerca o nos aleja de ella, por lo que acabamos confundidos, empleando grandes cantidades de energía en cuestiones que poco aportan a nuestro bienestar.
Tendemos a asociar la conquista de ciertas aspiraciones con la felicidad: “Seré feliz cuando cambie de trabajo”, o “cuando consiga una pareja, o “si logro el divorcio”, o “cuando compre mi propia casa”. Aunque lo vivimos con naturalidad, cuando alcanzamos alguna de estas ansiadas metas, paradójicamente nos damos cuenta de que la felicidad no ha llegado. Sentimos satisfacción por el logro, sí, pero esta se desvanece con frustrante velocidad.
De este modo van pasando los días y los años, y no alcanzamos a comprender que vivimos como ratones en la rueda. Corriendo mucho, pero sin llegar a ningún sitio. Porque nada más terminar ya nos hemos marcado la siguiente meta, sin parar un segundo a disfrutar aquello que tanto nos costó lograr. Nunca estamos satisfechos, somos incapaces de renunciar a nada. Y ello nos hace infelices. En la novela 13,99 euros, de Frédéric Beigbeder, el protagonista, Octave, publicista, lo expresa así: “Siempre me las apaño para que os sintáis frustrados (…) Os drogo con novedad, y la ventaja de lo nuevo es que nunca lo es durante mucho tiempo. Siempre hay una nueva novedad para lograr que la anterior envejezca (…) En mi profesión, nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume”.
¿Y si hemos estado equivocados todo este tiempo? ¿Y si la felicidad no reside tanto en lograr ciertas aspiraciones como en sentir satisfacción por lo que ya hemos logrado? El sentirnos felices o desdichados está muy relacionado con la manera en que percibimos nuestra situación actual, esto es, con lo satisfechos que nos sintamos respecto a lo que poseemos en el momento presente. En una sociedad en la que predominan valores como la ambición, la generación de necesidades y un inconformismo patológico, esto es un objetivo muy difícil de lograr.

Ganadores de lotería y víctimas de accidentes: ¿es relativa la felicidad?. Con este título, tres investigadores llamados Brickman, Coates y Janoff-Bulman publicaron en 1978 su estudio en el que comparaban la satisfacción de tres grupos de personas: ganadores de grandes sumas de dinero en la lotería, víctimas de accidentes que habían quedado en un estado de parálisis y un grupo control, sin lotería ni parálisis. ¿Sus resultados? “Los ganadores de lotería no son más felices que los controles y obtienen significativamente menos placer de los acontecimientos mundanos”. Por su parte, los que habían sufrido un accidente mostraron una tendencia a “idealizar su pasado”.

La filosofía budista sostiene que la felicidad está determinada más por el estado mental que por los acontecimientos externos. Circunstancias tan extremas como sufrir una grave enfermedad o ganar la lotería pueden provocar que nos sintamos más contentos o deprimidos a corto plazo, pero no suelen provocar efectos duraderos en nuestro estado de ánimo. Este tiende a volver a su nivel previo al cabo de un tiempo, tras un periodo de adaptación a la nueva realidad. Con demasiada frecuencia confundimos esa satisfacción o placer temporal con la felicidad, la cual es en realidad un estado mental consecuencia de cómo nos enfrentamos a la vida. Por ello vivimos enganchados al logro y nos volvemos adictos a las emociones efímeras.
Un camino para acercarnos a la tan ansiada felicidad reside en conseguir un buen equilibrio entre nuestras aspiraciones, basadas en una legítima ambición por mejorar nuestras condiciones de vida, y la capacidad de disfrutar y conformarnos con lo que tenemos. Es más que probable que la mera lectura de la palabra “conformarnos” haya disparado una especie de señal de alarma en el lector. Es normal, estamos programados para ello. Evitar el conformismo es un mecanismo de protección que nos permite seguir progresando, pero que puede terminar volviéndose en nuestra contra. La ambición por avanzar hace que la sociedad prospere y que la humanidad siga su curso: sin ese impulso para mejorar seguiríamos viviendo en las cavernas a merced de los elementos. El problema es que nos falta capacidad para apreciar lo que tenemos por miedo a quedarnos estancados. Vivimos siempre pendientes de lo que nos falta, muchas veces sin valorar lo que hemos logrado. Hemos acabado superando las aspiraciones naturales por crecer y prosperar para desembocar en una suerte de avaricia vital. Nunca estamos satisfechos, siempre queremos más, de lo que sea, porque más es siempre mejor: un coche más rápido, una casa más grande, un teléfono más inteligente y una escuela más cara para nuestros hijos. Pero como hemos dicho, esta nueva forma de avaricia vital no nos proporciona la felicidad, sino más bien una breve satisfacción puntual. Valorar lo que tenemos y conformarnos de un modo saludable con ello es el antídoto contra esta rueda infinita por el siempre más.
Constantemente somos bombardeados con la idea de que podemos tenerlo todo y no debemos sacrificar nada. Pero esto es, como poco, una quimera: ponerse metas poco realistas o querer llegar a todo es la receta perfecta para lograr una constante sensación de insatisfacción. Si aprendemos a identificar las renuncias que hay tras nuestras decisiones y conseguimos aceptarlas, estaremos más cerca de vivir con mayor plenitud.
Pensemos, por ejemplo, en resoluciones como cambiar de puesto de trabajo, tener hijos o dejar la relación con nuestra pareja. Difíciles, ¿verdad? Cuando nos enfrentamos a una toma de decisiones que sentimos complicada, lo que verdaderamente nos está costando no es elegir una de esas opciones, sino olvidarnos del resto de ellas. Pero la vida es así, debemos aprender a renunciar para poder seguir avanzando. Y aspirar a tenerlo todo conduce a la infelicidad.
Muchas personas acuden frustradas a la consulta de psicólogos y psiquiatras porque sienten que son incapaces de lograr sus metas, y que por más que se esfuercen no consiguen sentirse satisfechos. Ello les produce ansiedad y un bajo estado anímico, e incluso puede dañar sus relaciones sociales. Tras analizar su situación no es difícil ayudarles a darse cuenta de que es imposible obtener de ese modo la felicidad, ya que esta la han condicionado a la consecución de ciertos objetivos que, habitualmente, son incompatibles. Resulta complicado poseer una casa de muchos metros cuadrados y contar con mucho tiempo libre. Es difícil pasar más horas con la familia y conseguir un ascenso en el trabajo. También cuesta sacar tiempo para leer más libros mientras atendemos nuestro muro de Facebook. Hay que elegir.
El camino para que nuestras decisiones nos hagan felices pasa, necesariamente, por aceptar las renuncias como parte del proceso. El día no tiene más horas. Debemos elegir en qué invertimos nuestro tiempo y esfuerzo. Y eso, nuevamente, implica sacrificios. Pero estos deben ser conscientes, decisiones tomadas con determinación y asumiendo sus consecuencias. Por el contrario, si simplemente seguimos avanzando pero imaginando con nostalgia aquello que nunca fue, seguiremos sin valorar aquello que sí tenemos y que con tanto esfuerzo hemos logrado. En ocasiones la mente tiende a idealizar los caminos que no hemos seguido, imaginamos un futuro perfecto en el que tomamos la decisión adecuada y en el que la vida nos sonríe. No nos engañemos. Ninguna realidad, por buena que sea, soporta la comparación con una utopía.
Podemos ponernos los más diversos objetivos en la vida, pero todos ellos tienen en común un paso ulterior, el más importante: lograr la felicidad. No lo olvidemos. La vida implica tomar gran cantidad de decisiones de manera constante. Pero si conseguimos desplazar la atención desde esas renuncias al objetivo final, que es obtener el bienestar, nos resultará más sencillo seguir avanzando.

NADA NOS ENGAÑA TANTO COMO NUESTRO PROPIO JUICIO

El ‘síndrome de perder el tren’

Creer que una situación crítica es irreversible es un error. En cualquier momento podemos tomar los mandos de nuestro presente para moldear un futuro mejor


El otoño, aunque ya estemos atisbando su final, es sinónimo para muchos de tedio y rutina. Un tiempo de intimidad y silencio, de menos diversión. Sin embargo, para otros representa también una época estimulante, el pistoletazo de salida de una nueva temporada, de nuevos retos y ambiciones. Existen además otros otoños que nada tienen que ver con el calendario. Esa intensa y frustrante sensación de que ya es demasiado tarde para llevar a cabo algo que ansiamos, tarde para otras ilusiones. Sencillamente porque notamos que se secan las hojas de nuestro árbol y solo tenemos por delante un frío invierno.
A quien esté inmerso en una suerte de melancolía quizá le reconforte saber que no está solo
Sentimos que hemos perdido el tren, y nos pasa tanto en relación con un propósito profesional como con uno personal. Le ocurre a ese abogado de 35 años que considera que ya es tarde para apearse de una desilusionante carrera y renuncia a una empresa con la que sueña. Y también le sucede a una persona mayor que desiste de luchar por una relación sentimental, “porque a mi edad no toca”.
¿Pero qué nos lleva a sentir que hemos perdido el tren, que es demasiado tarde, y nos frena a la hora de apostar por algo? Nuestras acciones y decisiones están condicionadas por nuestras creencias o modelos mentales. Y todos tenemos un buen repertorio de ellas. Algunas nos impulsan; otras nos limitan. Pero muchas son inconscientes y todas son activas, porque moldean nuestros actos. Son juicios, opiniones muy arraigadas que se forman en el pasado, viven en el presente y condicionan nuestro futuro.

“Valgo lo mismo para un barrido que para un fregado” es una idea de acción permanente que nos proporciona un impulso positivo ante cualquier cambio. Al contrario, pensamientos como “hay que seguir la tradición familiar de ser abogado para estar bien considerado” o “hay que sufrir para tener éxito” nos dificultarán la deseada metamorfosis profesional. ¿Cuánto le costará a alguien que piensa que vale para todo llevar a cabo una reorientación profesional? ¿Cuánto le costará a alguien que piensa que para estar bien considerado ha de seguir la tradición familiar? ¿Lo ven?

Hasta aquí, creencias individuales. Pero más allá están las creencias colectivas. Muchos de nuestros pensamientos personales son a su vez compartidos por una familia, una comunidad, grupo social o cultura determinada. Las creencias colectivas nos refuerzan o nos limitan aún más. ¿Cuánto nos costará apostar por algo nuevo si, además de nosotros mismos, nuestro entorno nos repite que más vale pájaro en mano que ciento volando? Muchas veces viajar o salir de esos círculos más próximos nos ayuda a ver nuestra casa desde otra ventana, y a cuestionar aquellas creencias colectivas limitadoras de las que no éramos conscientes. Así, si pensamos que se nos ha pasado el tren, “porque a mi edad no es correcto volverse a casar o porque a los treinta y tantos he de estar ya bien situado”, será probablemente más difícil para nosotros alcanzar ese objetivo que deseamos.
Quizá haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de las mías
Jorge Luis Borges
¿Fin de la historia? No. Nuestras creencias tiñen nuestra percepción de las cosas, sí. Pero no con tinta permanente. Así pues, con un gran trabajo de introspección podemos revisar ese juicio que nos está impidiendo atrevernos a alcanzar nuestro objetivo. ¿Qué hay que hacer? Busquemos qué creencia nuestra está en juego, hagámosla consciente, revisemos su validez y después decidamos si queremos continuar con ella a cuestas o la sustituimos por otra. Nada fácil. Pero no es tinta indeleble. Este primer obs­táculo ¡se salva!
Una clienta en el ecuador de sus 40 me decía hace un par de años: “Me siento mayor, muy mayor. De repente, en dos años, me veo como una señora, me miro al espejo y es duro aceptar que todo caiga. Siento que envejezco. Plantearme un cambio laboral y pensar que he perdido el tren me hunde”.
En una línea del tiempo, existe el pasado, el presente y el futuro. Lo que no es presente o futuro pertenece al pasado. Y es que, citando a Peter Senge, solemos pensar en líneas rectas a pesar de que el mundo tenga estructuras circulares. Piensen en cómo ha sido su vida, ¿cómo la dibujarían? ¿Sería una línea cronológica tal y como aprendimos historia en el colegio? ¿Qué ocurriría si la visualizaran en círculos, en etapas? Como si fueran eslabones que se engarzan. Veríamos nítidamente qué engranaje les une, cuántos aros hay, qué distingue un aro del otro. Y en la perspectiva global observaríamos el collar de nuestra vida.
Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones sobre ellas
Epicteto
El pensamiento lineal al que estamos acostumbrados nos resta capacidad para reparar en los procesos y nos inclina a detenernos en los hechos concretos. Es muy ilustrativa la metáfora de la rana hervida. Si metemos una rana en una olla con agua a temperatura ambiente, se sentirá probablemente en su salsa. Si hacemos el experimento de calentar el agua de la olla a fuego muy lento, la rana no se dará cuenta del cambio progresivo de temperatura. Morirá hervida sin percatarse. Así de importante es la visión del proceso.
Cuando se tiene el síndrome de perder el tren, un cambio de enfoque puede ser providencial. Pensar en un proceso compuesto por ciclos y no en líneas rectas del nacimiento a la muerte puede llevarnos a ver y vivir nuestra situación de manera distinta. El Hudson Institute de Santa Bárbara propone analizar todo cambio a través de un diagrama circular estructurado en cuatro fases, parecido a la transformación de una oruga en crisálida y que muchos coaches conocemos bien.
La primera etapa del cambio en el ciclo de la mariposa es la del huevo. En esta fase uno se siente desmotivado, cabizbajo, atrapado en una melancolía que no le permite pensar, reír. Un tiempo que preside la lentitud, la pesadez, la falta de alternativas, la procrastinación (esa tendencia de dejar las cosas para más tarde). Una suerte de otoño interminable según nuestro ejemplo anterior. Pero sin que usted lo advierta está ocurriendo algo necesario en todo proceso de cambio. Es la parte positiva. Estamos en el inicio de una gestación. Lo duro es que la decisión de abandonar esta etapa no suele ser racional. Llegará a la raíz de nuestro propio trabajo interior o en un momento en que nosotros o alguien nos abra una puerta que de repente nos haga ver una dirección, un sentido claro.
Nada nos engaña tanto como nuestro propio juicio
Leonardo da Vinci
Este es el vestíbulo de un segundo periodo conocido como la fase de la larva, en la que algo nuevo se empieza a probar, pensar y forjar lenta e íntimamente. Tras haber empezado a tejer, protegidos por nuestro capullo, llega la fase de la crisálida, en la que la curiosidad y una energía renovada nos ayudarán a construir nuevas redes, a explorar otros horizontes y a concretar las ideas. Finalmente, alcanzaremos la última etapa, la de la mariposa. Aquí, por fin, la emoción, la adrenalina, el positivismo y el compromiso con unos objetivos –ahora sí– bien trazados marcarán un claro despegue de nuestro nuevo proyecto.
¿Se anima a cambiar de perspectiva? A aquel que piense que ha perdido el tren, que ya es tarde, y a quien esté inmerso en una suerte de melancolía vital con ganas de algo más, quizá le reconforte saber que no está solo. Cuando estemos en ese momento, en una fase claramente apática, probablemente sea enriquecedor recordar la vida como un proceso y no como una mera línea. Que permanezcamos más o menos tiempo en estos otros otoños dependerá de lo profunda y radical que sea la transición que queramos hacer. Y de lo profunda y radical que sea nuestra creencia de que llegamos tarde.
Pero no olvide que si toma conciencia de que ya está en un nuevo capítulo, probablemente las siguientes fases lleguen con mayor rapidez. Dese la oportunidad de sacar todo el jugo a cada etapa. Siga dibujando círculos. Dijo Viktor Frankl: “Muchos de los prisioneros del campo de concentración creyeron que la oportunidad de vivir ya se les había pasado y, sin embargo, la realidad es que representó una oportunidad y un desafío: que o bien se puede convertir la experiencia en una victoria, la vida en un triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros”.
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