TERTULIAS/CHARLAS SOBRE COACHING EMANCIPADOR EN EL CÍRCULO DE COACHING ESPECIALIZADO.



Periódicamente nos reunimos en "petit comité", con un aforo máximo de 10 personas, para debatir sobre COACHING EMANCIPADOR.
Son diálogos participativos para realizar una "iniciación" en la disciplina del coaching adaptada a tu universo de sueños.
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Porque "el todo" viene a ser "parte"



Porque “el todo” viene a ser "parte".

El sentido del humor es la virtud del carácter desenvuelto o desenfadado, la de quien vive y piensa seguir viviendo con desenvoltura, sin corsés que le opriman ni cuellos que separen su cabeza del resto de su cuerpo y de su vida. Se pregunta el desenfadado si, de vez en cuando, no  será inevitable enfadarse. Sabe por experiencia que no lo es vivir enfadado. Aplacado el enojo, vuelve siempre a ser posible reírse un poco de todo porque todo viene a ser parte, al fin, de este extraño regalo que es la vida. De todo se puede reír uno porque todo, aunque no siempre podamos o queramos creerlo es un regalo y, como tal, se puede y se debe, aún quizá, desenvolver. Todo puede ser dado, dato, y ¡ojo al dato! No hay dato sin alguien que, al entregarlo, lo haya dejado envuelto a nuestra vista y parecer.
Si las apariencias defraudan, a veces, es porque envuelven siempre, no solo cuando nos sentimos defraudados por ellas o por nosotros mismos. Y desenvolverlas es la habilidad característica de quienes intentan resistir el engaño con un poco de desengaño y la desilusión con ilusiones que llegan y se van cuando uno menos se lo espera. Si Tales hubiera quedado sin humor y sin sentido en el fondo del pozo al que cayó mientras contemplaba las estrellas, no habría llegado a la posteridad como el primero de los filósofos. No fue así y dejó crecer la ignorancia bajo sus pies, descubierta de repente la tierra que no pisaba. Debió de reírse seguramente un rato antes de levantarse. Si es que pudo levantarse y salir solo del pozo.
EL PODER DEL QUERER
“Nada es lo que parece”, suele dar por consabido el que necesita excusas para poder parecer, él también, lo que no es. Pero no es que nada sea lo que parece o parezca lo que no es. Es que todo acaba siendo más o menos de lo que empezó a ser. El mundo es expresivo, acepta expresarse tal como es, pero casi nunca todo a la vez. Al comienzo parecía una cosa y ha resultado otra, no otra diferente sino otra más, o menos. Lo que veíamos lo seguíamos viendo, pero ahora como quien ya no repara en ello o lo echa de menos. Bastará con desenvolverlo para descubrirlo, para sorprender su desnudez esquiva y paradójica. Lo desenvuelto o desnudo no puede atraer la atención por sí mismo si no salta a la vista con segundas intenciones. Lo desnudo necesita imponerse a la fuerza de ser visto; desconoce la cortesía de presentarse o dejarse de presentar primero como un regalo, con envoltura que mejor le pueda convenir. Lo desenvuelto se impone con la fuerza sin bocado de la desnudez, “Ya sabes cómo es….” Solemos decir, encogiéndonos de hombros cada vez que, en realidad, no sabemos qué decir.
Ahora bien, ¿qué es la fuerza sin cortesía, la fuerza por sí misma, antes de convertirse en la fuerza de esto o de aquello? La fuerza “no es una casualidad nacida de la debilidad de los otros” La fuerza del poder no nace entre sus víctimas, que pueden callar o rebelarse –nunca se sabe-, sino entre sus espectadores, más dispuestos a aplaudir que a observar, en silencio, el espectáculo. La fuerza del poder es el querer, querer incluso a aquellos que, en el fondo, no se quiere en absoluto pero se necesita y aplaude, por ello, su existencia. No queremos porque podemos sino al revés: podemos porque queremos, y queremos, como queda dicho, porque necesitamos querer. El mundo está mucho más armado de voluntades mal empleadas que desempleadas. Ni falta quien no quiera algo o a alguien en la vida, falta quien sepa quererlo. Reír es pasar por todo sin detenerse, sin pararse para nada en nada. Es pasar sin demorarse en calcular la debilidad de las personas y sus circunstancias, que esperan siempre de nosotros más oídos que ojos. El que sabe reír no necesita reírse de nadie, aireada o veladamente, en beneficio del poder y de su fuerza. Ya encuentra en la vida misma ocasión de reír cada vez que le venga en gana y sin que nadie decida, por él. Reír, si viene a ser un objetivo, ya no es reír; es divertirse. Y las fábricas de diversión las ponen en pie y las financian los que necesitan la risa de muchos para sus fines, nada risibles, por cierto.
El sentido del humor es una envoltura efímera, la más efímera de las envolturas que sirven para cubrir la desnudez, la pura verdad de la vida, porque su utilidad se reduce a un momento, ese momento en que, una vez descubierta, pasamos sin parar a otra cosa, a otro desenvoltura. Uno de los registros del humor más frecuentados, sin embargo, en tiempos de penuria, es el humor mordaz, el que no pasa sin detenerse, antes bien, se para a morder hasta hacer sangre con sed ingrata, como si la prohibición de derramar sangre no vedara también vampirizaría.
De todo se puede reír uno, ¿no es cierto?, pero, ¿le gustaría al mordedor que le mordieran? No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, enseña la máxima de la ética mínima para todos los seres con apariencia humana. Pero el mordaz, el sarcástico, se la salta a la torera, jaleado por un público incansable que le aplaude la faena. El mordaz busca el aplauso antes que la risa. Por eso el poder le busca a él para sus fines, para que muerda siempre a los mismos y nunca a los otros. A condición, por supuesto, de que parezca dispuesto a morder a todos. El sarcasmo es un alarde de timidez innata.
Que el sentido del humor sea el más efímero de los sentidos que la vida requiera para ser vivida lo torna, pues, ambivalente. Con él se pueden hacer dos cosas bien distintas: pasar o pararse, tomar lo efímero por lo que es, flor de un instante, o por lo que no es, fruto ajado. Que uno se pueda reír de todo mientras lo desenvuelve  no le autoriza a nadie a dejar lo desenvuelto a la vista, expuesto a la mordedura del que se para a hacer sangre de lo visto en vez de pasar por ello sin más. Habrá que pararse un instante, a lo sumo, pero no para morder o dejar morder a otros sino para envolver de nuevo lo que se ha desenvuelto, tal vez, a carcajadas. La buena risa es la que, una vez desperdigada, se vuelve a recoger en una sonrisa.
Y es que el sentido del humor no consiste solo en reírse de todo tanto como de uno mismo. Consiste también en sonreír en silencio después  de haberse reído, tal vez, ruidosamente. Se le hiela el alma al que sabe reír pero no sonreír, morder pero no acariciar, regodearse pero no pasar por todo una vez, como enseña el poeta…. Sonreír es el arte de terminar la risa y apurar a tiempo la copa de vino. Es el arte de pasar por ella sin prisa y sin pausa, que tanto importa. Porque, si ya es difícil empezar algo que nunca se ha visto hecho entre las propias manos, no es menos fácil acabarlo, verlo ya hecho y dejarlo estar, ser por sí mismo. Y, si asistir a un principio conmueve, ¿no conmueve aún más asistir al final de lo que vimos nacer? Sonreír es el arte de morir en vida sin esperar la muerte. La muerte no merece, al fin y al cabo, tanta cortesía.
Hay también, como la risa mordaz, otra sonrisa, forzada ésta y secuaz del aplauso que necesita el poder para ser reconocido. Risa y sonrisa vienen o para pasar o a quedarse. Cuando llegan para pasar vienen a hacer lo que pueden y se van. Cuando vienen, en cambio, a quedarse vienen a confirmar la vieja fe en el cielo y en la piedra. Cuando perduran el cielo y la piedra mientras se acaba el tiempo de lo que no puede durar pero sí morir, así perdura hasta hoy la fe en el valor sin fin de lo que permanece. Lo que perdura, lo eterno, es la verdad y la divinidad es su fuerte. Lo que no perdura, lo efímero, es lo mortal, y lo humano es su voz.
Pero el sentido del humor se aparta de la vieja fe y reivindica el valor perdurable de lo que perdura. La verdad permanece porque, de una cosa que hoy es verdad y mañana ya no, ¿qué cabe esperar? Pero en el desierto de la verdad pura no podemos vivir mucho tiempo. Es en la fértil variedad de los sentidos, que se mudan y renuevan sin cesar, donde podemos y queremos todos vivir. Basta con que nos fijemos un poco en el semblante del cielo. Veremos que, como en el color de la piedra a la luz de cada hora diurna, se puede entonar hoy también el haiku Basho:
Nubes, neblina,
Innumerables cambios
A cada instante.
La verdad, para ser humana, ha de ser dada, ha de rendir tributo a la sensibilidad varia y mudable de los seres con apariencia humana. Y que todo pueda ser dado, ¿no significa acaso que nada debe ser impuesto porque todo lo que se impone es tributario de la fuerza y no de la sensibilidad? El sentido del humor abre un camino, el más universal de todos, a la ética de la verdad. La verdad, antes de ser verdad, ha de ser humana, respetuosa con la humanidad compartida por el que la dice y el que la escucha.
Tales, el filósofo, no era un pobre incauto, estereotipo de todos los filósofos que viven en las nubes y no pisan tierra. Tales es, más bien, el prototipo de quienes saben tomarse la vida con filosofía, es decir, con buen humor. Y el buen humor es lo primero que no ha de faltar a la comunicación de la verdad para que sea humana, verdad sentida  y consentida en la casa común de los hombres que es el ethos, es decir, “la casa”, raíz de la palabra “ética”. Hay que decir la verdad con el aire de andar por casa y no con los aires de quien se propone defender la verdad.
A la verdad nadie se ha atrevido nunca a ponerle muros, casa. Ni siquiera la filosofía que, fiel a sí misma,  es la que es, la que se envuelve con la palabra “filosofía”, es decir, “amor a la sabiduría” según la célebre definición atribuida a Pitágoras. La filosofía que es amor a la sabiduría, es decir, conciencia de lo limitado que es nuestro saber, ¿ha llegado a  ser alguna vez conciencia de lo limitada que es también la comunicación de nuestro saber? ¿o conciencia del límite que el saber más vasto debería respetar para ser, además de vasto, profundo? Porque no es lo mismo saber más que saber más honda, más entrañable.
No es lo mismo saber que saber enseñar, comunicar lo que se sabe y lo que no se sabe pero se anhela reconocer un día. Al servicio primero de la Emancipación y más tarde de la ciencia moderna, que ha acabado por prescindir de su servicio viniendo a satisfacer así la antigua aspiración de algunos hombres, que aún hoy tienen la filosofía por distracción de un tal Tales y de otros como él, la filosofía ha viajado con el mismo rumbo de quienes querían saber más sin preocuparse por comunicar lo ya sabido o no todavía. Saber más es saber mejor y saber mejor es saber más, la cualidad reducida a cantidad. El saber ha trazado un círculo completo entorno suyo y se ha encerrado dentro para no salir ya al encuentro de los que no saben o no tienen esperanza, es decir, de la inmensa multitud de caminantes que intentamos tomarnos la vida con filosofía.
Y así la ciencia se ha convertido en la llave del futuro o más bien la esperanza en el futuro de la nueva Emancipación. Los antiguos conceptos de esperanza se han abierto a reconocer que con el pensamiento científico abre la capacidad para ensanchar el círculo del saber. Podrá así retener en él a quienes necesitan asomarse al límite sabiendo que nunca podrán salir fuera porque no hay nada fuera o porque decir “fuera” es lo mismo que decir nada.
El desierto de la verdad pura donde entramos cada vez que deseamos estar dentro de nosotros mismos pero no para quedarnos a vivir allí sino para salir a contar lo que hemos creído ver o hemos visto nos, lleva a la espiritualidad.
Dentro del círculo que el saber ha trazado en torno suyo hay mucho ruido, mucho afán, porque el futuro de la ciencia está siempre cerca, demasiado cerca, y no se puede uno dormir en los laureles. Conviene estar al día. Pero lo cierto es, por otra parte, que sin despertar tampoco se puede vivir. Y, como despertar es salir fuera y fuera del círculo no hay nada, corresponde a los viejos conceptos de esperanza seguir alumbrando, dentro del orden acotado por el círculo, su eterna vigilia de pureza y desnudez, de silencio y desierto. Si no es posible despertar hacia fuera, como después del sueño, lo será, al menos, despertar hacia dentro, como en los sueños,  que, expuestos a la duda cartesiana, podemos confundir con la vigilia: ¿lo he vivido o soñado?, nos preguntamos a veces. La espiritualidad es esperanza en esta vida  y no en otra que se pueda comparar con ésta porque, en el fondo, no es otra, es ésta. No hay otra vida que ésta ni otro saber que saber más o mejor. Atención a lo interior. Lo exterior es todo vano intento.
Pero aquí la pregunta brota con la misma facilidad que la  comparación entre dos vidas o entre dos maneras de entender la vida: ¿cómo puede haber dentro si no hay también fuera?, o también, ¿cómo podremos conocer esta vida si no imaginamos otra con la que compararlas? Si no hay fuera no hay comunicación porque la comunicación supone, al menos, uno fuera del otro. Y, sin posibilidad de comunicación, el círculo del saber se cierra sobre nosotros y nos consume. Sin posibilidad de comunicación la ciencia deja la vida extenuada en el desierto, allí donde, por mucho silencio que haya, nadie quiere quedarse a vivir. Para vivir todos necesitamos rendir un cierto tributo a la sensibilidad y a la desenvoltura del buen humor, tomándonos la vida con filosofía.
  El día que podamos conocer otra vida, es decir, vida fuera de nuestro planeta, nos conoceremos a nosotros mismos mucho mejor que ahora. No solo mucho más sino también mucho mejor. Romperemos para siempre el círculo cerrado por la ciencia y por la esperanza. En cierto modo, el futuro del saber ya ha empezado para cada  uno de nosotros porque, como solemos decir cuando estamos de buen humor, cada cual es un mundo. Y, ¡ay de él si no llega a serlo, si es tan solo un satélite de otro!
El filósofo y el monje
Silos





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