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La vida para el otro

La vida consagrada, la vida religiosa y, de manera especial, la vida monástica, por su radicalidad y por sus peculiares exigencias, no puede abrazarse nunca desde la decepción o el fracaso, sino desde la ilusión y el enamoramiento. El religioso, el monje no puede ser un hombre decepcionado del mundo, sino enamorado de Cristo. La experiencia de vacío, de desilusión, o de fracaso, puede jugar algún papel en la pedagogía de Dios. Pero jamás puede convertirse en la motivación fundamental o en la razón definitiva para optar por el seguimiento radical de Cristo, en que consiste la vida especialmente consagrada.
San Benito establece en su Regla algunas señales que manifiesta la aptitud para la vida monástica. La primera  es que el candidato (novicio) tiene que buscar sinceramente a Dios. Esto no significa que busque solo la satisfacción de ciertas emociones, sino que un espíritu sobrenatural de fe profunda le lleve a dedicar toda su vida al servicio de Dios, de modo que pueda realizar el fin para el que fue creado y llegar a la unión con El. No se entra en el monasterio por una ambición personal, para hacer una carrera, para llegar a ser un hombre erudito, un cantor. Aunque bien es verdad que todas estas cosas caben dentro de la vida monástica en la medida en que puedan ser parte de la búsqueda de Dios, porque el monje no busca a Dios en el vacío, sino en su trabajo y en su vida diaria. Para tener vocación monástica no solo hay que ser capaz de buscar a Dios en el monasterio. Sino también encontrarlo realmente; buscarlo con toda sinceridad es de hecho encontrarlo de un modo incipiente y misterioso.
El segundo aspecto que destaca nuestro P. San Benito es el de la obediencia. La entrega de nuestro juicio y de nuestra voluntad personal constituye la esencia de la ascesis monástica, para poder ser guiados y gobernados por la “voluntad común” del monasterio, determinada normalmente por la Regla y el Abad. El que resiste a la voluntad común excomulga a sí mismo y se separa de la corriente vivificadora de gracia que circula en el monasterio. La misma Regla, apoyada en el evangelio, nos recuerda que todo aquel que se exalta será humillado y el que se humilla será exaltado, y nos dice además que nadie en el monasterio ha de dejarse llevar por su propia voluntad. El monje verdadero es dócil y sumiso a la orientación de la Regla y de sus superiores incluso en las cosas más santas y espirituales. El monje que no es capaz de renunciar al apego a este o aquel método espiritual, a esta o aquella práctica de penitencia o de oración, a fin de abrirse al bien más alto de la obediencia humilde, debe reconocer que no tiene el verdadero espíritu monástico. La falta de flexibilidad es señal de no poseer vocación benedictina o de consagrado.
La tercera señal de una verdadera vocación es que sea hombre de oración. La vida benedictina de oración está cimentada en el opus Dei, el oficio divino cantado en el coro y en la lectio o lectura meditada. En realidad si alguno sintiera atracción por el oficio divino y no tuviera inclinación alguna hacia la meditación privada, o la lectio divina, indicaría que falta algo en su vocación. El monje de San Benito no es llamado solo a cantar el oficio, sino a consagrarse enteramente a Dios en toda una vida de oración. Si no leemos, meditamos y oramos fuera del coro, si no hablamos con Dios y lo contemplamos en el silencio de nuestro corazón, si no nos gusta el trabajo silencioso y humilde que nos brinda una oportunidad para una oración sencilla no seremos después verdaderos hombres de oración en el coro.
Por último para tener una auténtica vocación monástica, la persona debe apreciar el valor de la humillación y de la pobreza espiritual; conocer la grandeza y santidad de Dios ha de ayudar al monje a disminuir la preocupación por sí mismo. Saber aceptar las cruces que la vida en comunidad nos presenta.
Con todo tenemos que reconocer que no existe una persona perfectamente adaptada para la vida monástica, para el ideal de vida benedictina, ni para cualquier otra vida consagrada; es decir que el monje no nace, sino  que se hace colaborando con la gracia de Dios, colaborando, acogiendo sus dones. Es decir que en tu vida, sentirás dificultades, problemas, y tendrás que hacer un esfuerzo de adaptación, y que quizá en ocasiones este esfuerzo de adaptación, este esfuerzo de superación, puede llevarte a experimentar el dolor y el fracaso que sea todo con  espíritu realista, con abnegación, y sobre todo con fe y entrega generosas.
El monje y el filósofo


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