TERTULIAS/CHARLAS SOBRE COACHING EMANCIPADOR EN EL CÍRCULO DE COACHING ESPECIALIZADO.



Periódicamente nos reunimos en "petit comité", con un aforo máximo de 10 personas, para debatir sobre COACHING EMANCIPADOR.
Son diálogos participativos para realizar una "iniciación" en la disciplina del coaching adaptada a tu universo de sueños.
Si estás interesada/o en participar GRATUITAMENTE deja tu reserva en paco.bailac@salaidavinci.es y te informaremos de los calendarios previstos.

¡¡¡Ven te esperamos!!!


SIMPLEMENTE: SENCILLO




La grandeza humana se muestra
de manera discreta:
No con exhibiciones ruidosas,
simplemente con servicio
sencillo y humilde.
Es más difícil realizar
aquello extraordinario con
sencillez que lo sencillo de
manera exagerada.
Buscar el reconocimiento ajeno
y no el de la emancipación..
no es signo de grandeza, ni humano
ni espiritual.
La sencillez es la llaneza de lo natural,
de lo fácil, de lo comprensible,
que puede llegar a todos sin
oscuros obstáculos y
es lo que caracteriza a la belleza.
La sencillez no necesita adornos
ni hacer ostentación por que es
como el agua, que sin tener
ni gusto, ni sabor, ni color,
es igualmente necesaria.

ES MEJOR SER ODIADOS POR LO QUE SOMOS QUE SER AMADOS POR LO QUE NO SOMOS





Por qué no me traga?FRANCESC MIRALLES


No intentemos agradar a todo el mundo. Siempre habrá gente que se muestre hostil hacia nosotros. Pero eso no debe socavar nuestra autoestima ni hacernos perder naturalidad.

Pocas situaciones nos causan tanto malestar como la certeza de que alguien de nuestro entorno “no nos traga”. Sea en el trabajo, en el círculo de amigos o incluso en la familia, sabernos censurados y rechazados hace tambalear nuestra autoestima. Todos somos, en mayor o menor medida, adictos a las opiniones de los demás. Por eso nos inquieta percibir que no sienten simpatía hacia nosotros. Cuando notamos frialdad, indiferencia o aversión por parte de alguien, nuestra primera conclusión es que hemos cometido algún error. Acto seguido, intentamos acercarnos a él con amabilidad, pero muchas veces solo logramos reforzar su hostilidad. Entonces nos preguntamos: ¿por qué no me puede ni ver?

“Para evitar el veneno del odio, debemos aceptar que las personas que nos aman son la compensación por las que nos detestan”
No perseguir la pieza
“Aquello que la gente no entiende acaba convirtiéndose en aversión” (Elisabeth Landon)
La química de las relaciones humanas es tan compleja que a veces es justamente nuestro deseo de acercarnos a alguien lo que crea el rechazo. Así como el juego del amor aconseja no perseguir la pieza que se quiere cazar, sino provocar que la persona deseada venga hacia nosotros, también en las relaciones sociales se valora la distensión y la espontaneidad.
Renunciar a la máscara
“Es mejor ser odiados por lo que somos que ser amados por lo que no somos” (André Gide)

SI RENUNCIAS, GANAS




Normalmente, cuando un humano
pierde un ojo, se considera una tragedia
y emocionalmente el mundo le
viene encima.
Por contra, cuando un ciego total,
recibe un ojo trasplantado, la alegría
inunda su alma y la felicidad de nuevo
ilumina su existencia.
La diferencia entre un caso y el otro
en que no sabemos renunciar.
Sólo estamos acostumbrados en
atesorar privilegios sin nunca renunciar
a ninguno.
La EMANCIPACIÓN nos muestra como
ser felices a través de la renuncia, y
consecuentemente, valorando
las muchas cosas que tenemos
y obviamos mediante
el consumismo
y el egoísmo.

¿EL POTENCIAL HUMANO?




Si por niveles de conocimiento aceptamos tres: SENSIBILIDAD (ORDENA EN EL ESPACIO Y EN EL TIEMPO LAS IMPRESIONES DEL SUJETO HUMANO); entendimiento (ORGANIZA “ESAS” IMPRESIONES PARA CONDUCIRLAS A JUICIOS ) Y la rAZÓN (que toma esos juicios y los transporta hacia una realidad en busca de principios más generales) encontraremos una existencia que nos lleva más allá de la experiencia y nos conduce hacia un IDEALISMO  TRANSCENDENTAL que sustituye el conocimiento del SUJETO HUMANO entorno al objeto material, por ser ese objeto material quien se debe al sujeto humano.
Ese es el verdadero espíritu humano de la PASCUA y de PENTECOSTÉS, es decir, de la EMANCIPACIÓN HUMANA.

¿EDUCAR ES REPRIMIR?




“EL PROPÓSITO DE LA EDUCACIÓN ES LOGRAR QUE LOS NIÑOS QUIERAN HACER LO QUE DEBEN HACER”.
Educad a los niños, y no tendréis que castigar a los hombres.
La mejor prevención en educación es la intervención temprana. Muchos padres se quejan de que los niños no vienen con un manual bajo el brazo, pero si siguen estas reglas básicas, seguramente le allanarán el camino que supone educar.
PRIMERO: Volumen y tono conversacionales. Conseguir que le hagan caso no una cuestión de hablar alto. El poder está más en lo que se dice, en las consecuencias que conllevará no hacerlo a la primera, en la coherencia y en ser muy disciplinado con las rutinas. Si quiere que sus hijos le respeten, empiecen por respetarles a ellos. Nadie quiere obedecer a alguien que no se muestra seguro y relajado.
SEGUNDO. No de órdenes contradictorias. Si le dice a su hijo que se duche, que recoja su cuarto y que se siente a la mesa, sin indicarle el orden, igual lo bloquea. Dígale lo primero que tiene que tiene que hacer, y cuando haya finalizado, lo segundo. Si su hijo tiene edad para memorizar varias órdenes, enuméreselas, dígale cuál es su prioridad.  No espere que él la sepa, porque tiene las suyas propias.
TERCERO. Imaginación. Haga un concurso por semana para que jueguen “a hacer lo que deben”; puede ser sobre cualquier comportamiento a corregir.  Los domingos lo pueden anunciar: “A partir de mañana, se celebra el fantástico concurso de “Quien tiene la dentadura de caballo más limpia”. Las bases son estas: limpiarse los dientes tres veces al día y pasar revista. Las puntuaciones de papá y mías se sumarán, y el viernes anunciaremos ganador”. Si quiere que los niños se lo tomen en serio, haga lo mismo. Y tenga paciencia, hasta que se convierta en rutina  necesita tiempo. El juego genera un ambiente relajado en el que apetece más aprender y obedecer.
CUARTO. No quiera modificar en su hijo todo lo que le molesta de una vez. Si se pasa el día diciéndole lo que hace mal, terminará por cargarse su autoestima. Elija una conducta a modificar y céntrese en ella siguiendo las pautas de estas líneas. Cuando lo consiga, siga con otra.
QUINTO. Cuando corrija o muestre su enfado con ellos, no los ningunee, ni ridiculice, ni haga juicios de valor. Si lo hace, terminarán por comportarse conforme a las expectativas que se han puesto en ellos y les afectará a la autoestima. Es mejor decir “No me gusta ver tu cuarto desordenado; por favor, guarda los juguetes en las cajas”, a decirles “Eres un guarro, qué asco de dormitorio”. No consiga que se cumpla la profecía autocumplida. Si les transmite que no confía en ellos y que no espera nada, puede que se cumpla.
SEXTO. Sea constante. Aquello muy importante, basta con que lo argumente una vez, no busque más razonamientos porque su hijo no los necesita. Simplemente busca ganar tiempo para no hacer lo que debe. Dígale “Esto no es negociable; cuanto antes empieces, antes podrás disfrutar de lo que más te gusta”. Negocie lo que sea negociable y no siente precedente con lo que no lo es.
SEPTIMO. Paciencia y calma. Las personas que transmiten con paciencia son más creíbles y generan un ambiente cálido y relajado. Cuando introduce cambios en la manera de educar, al principio, los niños reaccionan con incertidumbre “Qué significa que mi madre/padre ahora están calmados y no le gritan”. Deles tiempo, necesitan acostumbrarse a esta nueva forma de comunicarse.
OCTAVO. No se contradiga con su pareja. Los niños tienen que saber que la filosofía y la escala de valores parten de los dos. Si no, estarán chantajeando a uno y a otro, fomentando el engaño para conseguir lo que quieren. Terminará por tener muchas discusiones con su pareja por eso. No se descalifiquen, ni ridiculicen, ni contradigan delante de ellos. Todo aquello en lo que no estén de acuerdo, háblenlo en la intimidad y negocien.
NOVENO. Nunca levante los castigos. Es preferible aplazarlo, pero que sea efectivo y lo cumpla, que imponer uno muy duro fruto de la ira y que luego deshará convirtiéndose en alguien a quien se puede chantajear. Dígale: “Esto merece un castigo, ya te diré qué va a pasar”
DÉCIMO. Mejor que el castigo, el refuerzo. Significa prestar atención a lo que hace bien, cualquier cambio, y decírselo. Si continuamente centra la atención en lo que hace mal y le corrige y se enfada, su hijo aprenderá que esta es la manera de llamar la atención. Todo lo que se refuerza, se repite. Al niño le gusta que sus padres estén orgullosos de él, pero tiene que decirle de qué se siente usted orgulloso, porque él no lo va a adivinar.
Recuerde lo más fundamental: hasta la adolescencia, no hay figura más  importante que los padres. Si trata de educar en una dirección, pero se comporta de otra, será inútil Los hijos copian, son esponjas. Educar con acciones tiene mucho más impacto que con palabras.

Aaaahhhh, como es evidente estas recomendaciones tienen muchísimas más aplicaciones dentro de las relaciones humanas.

¿LA FAMILIA ES LA PLACENTA EXTERNA DE NUESTRA EXISTENCIA?



No puedo con tu madre
KAVIER GUIX

Adentrarse en una familia es descubrir la configuración de sus relaciones y lidiar con ellas, sobre todo con la que a partir de ahora podría ser la más complicada: la suegra.
Quisiera anticiparme a decir que el mito de la suegra es más mito que realidad. Por regla general, las relaciones tempestuosas con los suegros dan para mucho chiste y jolgorio popular, excepto de puertas para dentro, donde reina la cordura y la buena fe. Eso sí, allá donde el mito se encarna puede llegarse a vivir un auténtico infierno.


“Sería mejor no crear expectativas, actuar con naturalidad y entender que conocer al otro y llegar a amarlo lleva su tiempo”

Juana, sentada ante mí en la consulta, proclama a los cuatro vientos que no puede más:
–¡No soporto a mi suegra! Si las cosas siguen así, te juro que me separo.
–¿Has intentado hablar con ella?
–Es imposible. Si le dices algo, se pone enferma, se lo toma a la tremenda y tenemos drama para toda la semana. Pasa de perseguidora a víctima en un santiamén.
–¿Y tu marido que hace?
–Nada. Se limita a decirme: “Entiéndelo, cariño, es mi madre”. Cuando ella le pide algo, le faltan piernas. Si se lo pido yo, todo son excusas.
Probablemente algunas personas se sentirán retratadas ante esta situación. Otras quizá la hayan pasado. El caso es que la relación con los suegros en general, y con las suegras en particular, es de las más complejas que existen.
¿Dónde están los límites?
Aquella es bien casada, que no tiene suegra ni cuñada (anónimo)
Es curioso que a los yernos y las nueras se les apode “hijos políticos”. Es una excelente definición que hinca el diente en una doble dirección: son como hijos, aunque políticos, es decir, más legítimos que legales. Toca quererlos, sin haberlos votado. Según como vaya, se les puede llegar a amar, como dicen algunos, más que a los propios hijos. Si las cosas van mal, pueden convertirse en el chivo expiatorio de todas las calamidades, actuales y pasadas, del clan familiar.
Adentrarse en un sistema de parentesco no deja de ser entrometerse en una constelación de relaciones, afectos, hábitos, rituales y comportamientos establecidos. Ante tamaña telaraña, si no se ha huido antes, cabe enraizarse progresivamente, aprender a amar lo que es y desvelar los límites que bordean el sistema y sus relaciones. Hay organizaciones familiares más abiertas, las hay más cerradas e incluso fundamentalistas. Recuerdo a un amigo que el mismo día de su casamiento recibió este mensaje: “Ahora ya eres de los nuestros”.
Todo cambio en una familia acaba afectándola por completo. A no ser que el recién llegado sea como una figura del pesebre, nada será igual a partir de entonces. Aparecen las disidencias, las resistencias y también las complicidades, las lealtades y las alianzas. La relación con la suegra, empero, acaba siendo determinante en la paz o en la guerra familiar.
Agradar o competir
“Acuérdate, nuera, de que también serás suegra”. “Acuérdate, suegra, que fuiste nuera” (anónimo)
Todo necesita su tiempo. Las relaciones, aún más. Ocurre, sin embargo, que en esta relación pueden aparecer dos mecanismos de interacción: pretender gustar o pretender competir. Tanto lo uno como lo otro es reactivo, fuente de inseguridad y de miedos, y caldo para los conflictos. El exceso de agrado destapa sospechas. La competición radicaliza posturas y pierde de vista los intereses mutuos.
Sería mejor no crear tantas expectativas. Actuar con naturalidad y entender que conocer al otro y llegarlo a amar, o al menos a vivir afectuosamente, lleva su tiempo y ocurre si hay interés por las dos partes. La competición puede nacer ante la idea de “¿quién lo va a querer mejor que yo?”. Suegros, yernos y nueras se muestran convencidos de poseer un conocimiento inequívoco de aquel o aquella a la que aman, siendo por ello insustituibles. Cada uno tiene su razón, solo que a menudo olvidan un detalle.
Los contextos son muy condicionantes en nuestras vidas, lo son mucho más de lo que pensamos. No somos los mismos en todos los contextos, ni en todas las relaciones. Nadie como la madre conoce al hijo en casa. En cambio, lo desconoce fuera de ella. Nadie conoce al marido o a la esposa tanto como aquel o aquella con quien convive. En cambio, lo desconoce en casa de sus padres. Por eso hay quien no entiende el comportamiento tan diferente de su pareja cuando está en casa o cuando está en la de los padres.
El tercero en discordia. Llegados al extremo de la discordia, suele ocurrir que dos almas enfrentadas reclaman que aparezca el sujeto por quien sufren y resuelva con puño firme la complicada situación. Zarandean al marido-hijo para que se decante por una o por la otra. Sin embargo, el afectado quiere quedar bien con todo el mundo. No quiere saber demasiado del asunto y procura navegar entre dos aguas remando según sopla el viento. Sin duda, no es fácil estar en medio, pero la decisión de mostrarse pasivo o reducirlo todo a un problema personal (“el problema lo tienes tú”) contribuye a su mantenimiento. Lo perpetúa.
En eso, hombres y mujeres tenemos funcionamientos desiguales. La visión femenina de la existencia es holística, incluyente, preserva por encima de todo al sistema y sus relaciones. Por eso la visión masculina, que suele centrarse más en lo concreto, reduce el conflicto a un tema de caracteres incompatibles. En cambio, el tema es más profundo. Atañe al sentido del vínculo, que va más allá de la pareja. El árbol familiar no puede crecer con fortaleza si tiene raíces contaminadas o cortadas de cuajo.
Si uno se queda en medio, atorado, inerte, consigue todo lo contrario de lo que pretende en este caso: que las cosas se arreglen solas. No hacer nada solo va a servir para obstaculizar la fluidez. Aparecen entonces los chantajes emocionales, las comidas de coco y las decisiones radicales. Vale la pena recordar que, en todo sistema, un problema de relación lo tiene y lo sufre el sistema entero y no solo sus partes. Por eso hay que resolverlo, de un modo u otro, para que no se convierta en una manzana podrida que destruya el cesto entero.
El amor en orden. Suegros, yernos y nueras forman parte también de la constelación familiar, y para que todo fluya, cada uno debe estar en su sitio. Bert Hellinger apuesta por los órdenes del amor, es decir, por dar importancia al respeto al lugar que cada uno ocupa dentro de la constelación. La nuera no debe destronar a la madre, por ejemplo, ni la madre debe entrometerse entre su hijo y su esposa. En el orden del amor existen jerarquías que hay que considerar, si se quiere mantener intacto el sentido de pertenencia y una sana compensación entre el dar y en el recibir.
Lo contrario, el desorden afectivo, puede acarrear la aparición de nuestras peores sombras. A menudo, esos personajes arquetípicos, como las suegras, despiertan algo más que una relación complicada. Hacen aflorar de nuestro inconsciente temores atesorados: capítulos de abandono, amenazas, malos tratos, rechazos cruentos. Hay que recordar que lo que nos molesta de los demás es una proyección de todo lo que todavía no hemos resuelto de nosotros mismos. Las suegras se convierten, así, en maestras para nuestro propio aprendizaje. 

SON MOMENTOS DE REFLEXIÓN. Practica la tuya




Dame tú mano aunque sea la derecha.
Junto a ella
no tendré miedo en liberarme.
Con ella no me perderé
Así con ella,
emancipación,
podré perdonar.
Dame tu mano,
emancipación,
aunque sea la derecha.

NO EXISTEN FORMULAS MÁGICAS PARA LAS EMOCIONES



"Todo lo que comemos sin necesidad
se roba al estómago de los pobres"
El arte de vivir
GASPAR HERNÁNDEZ

No existen fórmulas mágicas. Cada persona debe encontrar su particular camino para conocer y gestionar sus emociones y sus sentimientos para conseguir vivir mejor.
Charles Chaplin escribió que la vida es tan corta que solo nos alcanza para ser amateurs. Esta afirmación también se puede aplicar al llamado arte de vivir. Cuando ya vamos aprendiendo, la función se termina. No hay recetas mágicas, y cada persona sabe en qué consiste su particular modo de alcanzar ese arte. Los grandes filósofos se han ocupado de ello. Y, por supuesto, los psicólogos. En este artículo nos centraremos en la gestión de las emociones y los pensamientos.
“A una persona se le puede arrebatar todo menos la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”

Porque, como escribí en el libro El oficio de vivir bien (Aguilar), con miedo, enfado o envidia (o con dolor de muelas) difícilmente podemos tener la percepción subjetiva de estar viviendo bien. Lo mismo sucede si estamos en una playa paradisiaca tomando el sol y enfurruñados con la pareja, o pensando en el trabajo que nos espera en septiembre. El arte de vivir pasa necesariamente por observar, y cuidar, lo que pensamos y sentimos.
Felicidad Interior Bruta. Los países, y sobre todo en tiempos de crisis, miden lo bien o lo mal que vivimos por la situación económica. Pero como afirma el filósofo Jordi Pigem, el producto interior bruto solo mide transacciones económicas, y sabe muy poco del auténtico bienestar de las personas. “Desde hace décadas existen indicadores menos reduccionistas, que miden el bienestar no solo a través del flujo de dinero. Pero hay muy pocos. Por ejemplo, en Bhutan identifican tres venenos en nuestras vidas: la codicia, la hostilidad y la ignorancia (en el sentido de confusión mental). Estos tres venenos han crecido en el mundo materialista, hasta encontrarlos hoy institucionalizados en nuestros sistemas económico, político, y mediático”, afirma en su libro La buena crisis (editorial Kairós). Según Pigem, un progreso en la generosidad, la solidaridad y la sabiduría contribuirían a pasar de una sociedad basada en el crecimiento económico a otra basada en el crecimiento vital.
¿Por dónde empezar? Por la persona. Por la educación y por la gestión emocional. Según el psiquiatra Claudio Naranjo, “la educación actual solo se ocupa de la mente racional, práctica, instrumental, como si fuéramos solo eso. Se crean seres egoístas y prácticos que no tienen una dimensión del goce de la vida. No parece legítimo educar para la felicidad. Si se calculara el precio de la infelicidad que se crea, se vería lo antieconómica que es nuestra educación”.
Algunas cifras de esta infelicidad: en 2020, según la Organización Mundial de la Salud, la depresión será la segunda enfermedad más extendida, superada solo por enfermedades cardiovasculares. El suicidio es la primera causa de muerte entre los jóvenes. El estrés, la ansiedad y la depresión son la segunda causa de baja laboral en España.
Bienestar emocional. El arte de vivir empieza por una correcta gestión de las emociones. En Occidente nos hemos fijado en el desarrollo intelectual de las personas, pero no en el desarrollo emocional. Nunca es tarde para cambiar nuestros patrones emocionales. ¿Cómo? Según la filósofa Elsa Punset, con el viejo conócete a ti mismo de los griegos. “Aunque ellos no nos decían cómo. Se trata de conocer y gestionar nuestros mecanismos emocionales. Es decir, lo contrario a la represión emocional que hemos ejercido hasta ahora”.
Afirma el doctor Mario Alonso Puig que una emoción es un fenómeno físico en el que se producen una serie de cambios fisiológicos que afectan a nuestras hormonas, a nuestros músculos y a nuestras vísceras. Estos cambios tienen una duración limitada a minutos, o, como mucho, a algunas horas. “Digamos que una vez que el elemento interno (un pensamiento angustioso) o externo (un insulto) han pasado, la reacción emocional que se ha desencadenado poco a poco va remitiendo hasta que volvemos al estado en el que nos encontrábamos antes de que el pensamiento o el insulto se produjeran”. El problema es que si esa emoción se reprime, se puede convertir en un estado de ánimo, que puede durar meses o años.
“De alguna manera”, afirma el doctor Mario Alonso Puig en su libro Reinventarse (Plataforma), “nos quedamos como congelados en un tipo de emoción, hasta el punto de que llegamos a identificarnos con ella, casi como si formara parte de la realidad que somos”. Y hay estados de ánimo que aportan ventajas, y otros que son muy disfuncionales y nos generan un enorme sufrimiento.
Un ejemplo: la ira. La ira es como un cubo lleno de agua sucia. Cuando nos enfadamos, o bien lanzamos el oscuro contenido de ese cubo a la cara de quien nos ha provocado la ira, o bien callamos, de modo que nos lo lanzamos encima. Lo ideal sería lanzar el agua sucia a un terreno neutro; practicando deporte, por ejemplo. Y después, cuando estemos ya tranquilos, expresar al otro cómo nos hemos sentido, con asertividad. Por eso no es recomendable escribir e-mails cuando estamos enfadados. Así se estropean muchas relaciones interpersonales.
Gestión de los pensamientos. Nadie nos ha enseñado a gestionar nuestros pensamientos. Tenemos cada día entre 40.000 y 60.000 pensamientos y a la mayoría les hacemos caso. El arte de vivir también es incompatible con los pensamientos obsesivos sobre el pasado o futuro. Afirma Miriam Subirana, profesora de meditación, que el pasado, en gran medida, nos impide ser libres. “Vivir del recuerdo es no gozar plenamente del presente. Vivir del recuerdo nos debilita. Es como ser un enchufe que se conecta a una toma de corriente por la que no pasa la corriente. Vamos perdiendo nuestra energía. Queremos revivir una experiencia que ya pasó, y finalmente nos sentimos decepcionados y con un gran desgaste emocional y mental”.
Todos los sabios orientales coinciden en que el arte de vivir se basa, en buena medida, en nuestra conexión con el momento presente. La mente tiende a ir hacia el pasado y el futuro. Y muchos de los pensamientos sobre el futuro son proyecciones negativas, como el miedo, que normalmente no sirve para nada (aunque a veces es amigo de la prudencia).
El miedo tiene una base biológica; es una emoción que nos ha ayudado a evolucionar, porque nos alerta de los peligros. Pero en nuestra sociedad es excesivo: se trata de reconducirlo. Cuanto más pensamos en el miedo, más fuerza le damos.
empieza en la mente. “El sufrimiento creado por uno mismo es fundamentalmente una fabricación de la mente”, afirma uno de los más celebrados maestros de meditación tibetanos de la nueva generación, Yongey Mingyur Rimpoché. En su libro La dicha de la sabiduría (Rigden Institut Gestalt) cuenta cómo un alumno empezó a analizar su propia ansiedad, y comenzó a ver que el problema no estaba en el trabajo, sino en lo que él pensaba de su trabajo. “Poco a poco”, dice el alumno, “empecé a darme cuenta de que la esperanza y el miedo no eran más que ideas que flotaban en mi mente. En realidad, no tenían nada que ver con mi trabajo”. Ese cambio de perspectiva transforma nuestra realidad. “Cuando estoy angustiado, puedo observar esos impulsos y ver que tengo una elección. Y si elijo observarlos, aprendo más sobre mí mismo y sobre el poder que tengo para decidir cómo reaccionar a los acontecimientos de mi vida”.
Podemos elegir siempre cómo reaccionar ante pensamientos y emociones. Pero hace falta entrenamiento. (Ojalá meditación y gestión emocional se enseñen en las escuelas). El psiquiatra Víctor E. Frankl, que fue una de las víctimas de Auschwitz, afirmaba que a la persona se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: “La elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. A menudo no podemos elegir los hechos, pero sí el cómo enfrentarnos a estos hechos.
Según el budismo, la mayor parte del sufrimiento es creado por uno mismo. Afirma Yongey Mingyur Rimpoché que este sufrimiento es fundamentalmente una fabricación de la mente, pero que no es menos intenso que el sufrimiento natural: “En realidad puede ser bastante más doloroso”. Este sufrimiento se puede expresar en forma de historias que nos contamos a nosotros mismos, a menudo incrustadas en lo más profundo de nuestro inconsciente, según las cuales no somos suficientemente buenos, ricos o atractivos, o nos falta algún tipo de estabilidad.
La meditación nos permite observar los pensamientos y las sensaciones asociadas a este sufrimiento. Al hacerlo, se desvanecen. El mundo que nos rodea, nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y sentimientos están en constante cambio. En términos budistas este cambio se conoce como impermanencia. Aceptar que todo es impermanente y no aferrarnos a las cosas ni a las personas es uno de los pilares del arte de vivir, según el budismo. Ni un solo maestro oriental defendería que el arte de vivir consiste en adquirir posesiones –en tener–, sino en ser.
Casi nada de lo que nos ha proporcionado felicidad lo hemos logrado con dinero.

¡HAY QUE ENCONTRAR EL PROPIO CAMINO Y REVISAR DE VEZ EN CUANDO SI SE SIGUE SIENDO FELIZ AL ANDAR




"La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es solo una ilusión persistente". Einstein

Una teoría sobre el análisis transaccional o los tres estados del “YO”: el niño, el adulto y el padre. Esas figuras simbólicas que todos llevamos encima son fáciles de reconocer si escuchamos nuestros diálogos internos. Pero más allá de la teoría y de la atinada descripción de los juegos en los que vivimos según la teoría, el niño es la parte más valiosa de la personalidad, ya que contribuye al impulso creador, el encanto, la intuición o el placer.
No obstante, distingue entre el niño adaptado y el niño natural. El primero es el que modifica su comportamiento bajo la influencia parental. Se porta como el padre o la madre querían que se portara. O se adapta y lo hace con dos posible expresiones: encerrándose en sí mismo o quejándose. El niño natural es una expresión espontánea. Es rebelde o creativo, por ejemplo.
De ahí obtenemos una primera pista valiosa: el precio de la adaptación consiste en partirse en dos. Uno es complaciente. El otro, ocultamente insatisfecho. De este modo crece sufriendo esa doble existencia. La de fuera, elogiada por todo el mundo. La de dentro, odiada por uno mismo. La que se muestra y la que se oculta. Una cara es el éxito; la otra, el aburrimiento. O se cae en la vanidad y el narcisismo o se muere de envidia o de vacío.  Mal asunto.
Lo que surge del fondo de nuestro ser es inteligencia, energía y afecto. Pero, en cambio, el modo de ser se adquiere a través de lo que se nos enseña, lo que se debe hacer, cómo hay que hacerlo y lo que no hay que hacer. El niño aprende que no vale tanto por lo que es, sino por su adaptación a un modo de ser ajeno a él. Es así como construimos un exterior que, con tal de garantizarnos seguridad, afecto y felicidad, nos pide a cambio que renunciemos a nuestra naturalidad.
“El niño desconecta de su fondo de energía, de su fondo de vitalidad, de donde surge la capacidad combativa de vivir, de jugar, de expresar sus necesidades vitales”. Es así como uno pierde la seguridad en sí mismo. El niño deja de vivir en su fuente natural y acaba por depender de las fuentes externas, la madre primero y el mundo después. Pero ¿qué ocurre cuando, a pesar de ser bueno y adaptado, ahí fuera les niegan sus necesidades? Entonces el niño se encuentra sin soporte central y sin soporte exterior y por unos momentos se encuentra totalmente aislado, desconectado, en una soledad total. Es el estadio de angustia fundamental.
Esa ansiedad la seguimos viviendo de adultos cada vez que sentimos la duda de quién somos o de no funcionar según los modelos establecidos. Se llega a un callejón sin salida: si soy yo, no me querrán. Nos abandonamos a nosotros mismos para que no nos abandonen los demás, los que creemos fuente de todo lo que necesitamos. La mayor parte de las personas que juegan a ser buenas, que tienen la necesidad imperiosa de sentirse bondadosas y lograr ser queridas, lo hacen para evitar esas angustias. Así han aprendido a vivir con obligaciones, remordimientos y culpabilidades.
¡Todo con ilusión, nada por obligación!
Lo que encierra esta frase tan breve es toda una declaración existencial. Los griegos nos impulsaron hacia la virtud a través de la lucha y la victoria, para obtener así la condición de personas honorables. Hoy preferimos hablar de ilusión y de felicidad, de fluir, de amar y de sentir pasión por aquello que nos gusta.
No obstante, para llegar a tales plenitudes es necesario un ejercicio de autoconocimiento que permita observar y corregir la pesadez de seguir siendo un modelo a los ojos del mundo. Atreverse a ser uno mismo pasa por tener a raya al niño adaptativo, abandonar la obligación interior de ser siempre bueno y preferir mostrarse con autenticidad. Para ellos hay que vencer esas angustias que ahora perviven como memorias emocionales. Hay que abrazar la vulnerabilidad de sentirse desnudo hasta descubrir lo bien que sienta recuperar la naturalidad. Aquella que no se basa en modelo alguno, sino en inteligencia, amor y energía. El resto es mera reactividad, miedo y control.
A veces, el planteamiento es sencillo: ¿qué es lo que hago por obligación?, ¿qué es lo que hago con ilusión? El caminante que hace camino al andar debe avanzar ligero. Cuando su mochila está demasiado cargada de obligaciones, debe soltar lastre. Y una de las más pesadas es la que obliga a recorrer la senda que quieren los demás. Hay que encontrar el propio camino y revisar de vez en cuando si se sigue siendo feliz al andar.
X,Guix

LA SENCILLEZ Y NATURALIDAD SON EL SUPREMO Y ÚLTIMO FIN DE LA CULTURA.




NOS PASAMOS LA VIDA INTENTANDO AGRADAR Y SER OBEDIENTES. ADAPTARSE ES POSITIVO, EXAGERALO CONDUCE AL AISLAMIENTO. DEJAR DE RECORRER LA SENDA QUE QUIEREN LOS DEMÁSY GUIARSE MÁS POR LA ILUSIÓN ES EL MEJOR CAMINO.
Guix.

Debería empezar por confesar que buena parte de mi vida la he pasado siendo un niño adaptativo. Muchos de mi generación respondemos a ese patrón actitudinal: caer bien, quedar bien, hacerlo todo bien. Ser, ante todo, obediente. La manera de ser amados se correspondía con la capacidad de generar en los demás un estado de simpatía hacia nuestra persona. Y nada funciona mejor en este sentido que adaptarse a las demandas del medio y de las voluntades ajenas. Imposible desobedecer. Imposible fallar. Imposible actuar según los propios designios, según las ganas y según los latidos del corazón.
Adaptarse al medio no es ningún demérito, más bien al contrario. Sin embargo, cuando la adaptación se pone al servicio de las transacciones afectivas, de la búsqueda de aprobación y estima de los demás, entonces tenemos un problema. La vida se convierte en la obligación de ser buenos, de corresponder a las expectativas ajenas. Se construye así una identidad disociada: quien soy por fuera y quien soy por dentro. La zona abierta y la zona oculta. Lo malo es que uno llega A CREER QUE LO QUE EXISTE AHÍ DENTRO ES VERGONZOSO. Por Eso hay que ocultarlo.
Con el paso de los años, las personas que se han pasado la vida obligándose a ser buenas acaban tan hartas que prefieren encerrarse en sí mismas. Deciden vivir por fin su vida oculta, solo que no lo saben hacer ante los demás, por lo que prefieren que los dejen en paz. Hartas de todo, se aíslan, van a lo suyo y la familia con un ratito basta. Se abandonan porque no quieren más obligaciones.

¿LA SABIDURÍA VA MÁS ALLÁ DE LA RAZÓN?




"Cada día sabemos más y entendemos menos" (A. Einstein)
Perder esta conexión conlleva consecuencias. Algunas personas, por ejemplo, descubren en algún momento que su vida no es lo que querían, pues quizá se han dejado llevar por las circunstancias sin preguntarse más allá. No resulta agradable sentirse un extraño con uno mismo. Sucede sobre todo cuando alguien busca adaptarse tanto a lo que se espera de él o mantener una buena imagen, que termina olvidando quién es realmente.
También hay personas que escapan continuamente del contacto consigo mismas, llenando sus horas con actividades, relaciones, adicciones... Cuando cesan las distracciones externas y se hace el silencio aparecen con más fuerza los miedos o carencias no resueltos.
Crear puentes
A veces, el sufrimiento o la enfermedad implican una entrada rápida a una mayor conciencia de uno mismo. Sin embargo, es preferible no esperar a encontrarse en una situación crítica; en cualquier instante, una persona puede empezar a crear puentes que conecten con diferentes niveles de su experiencia interna. Estas son las vías:
1. El diálogo interior
"El lenguaje es la casa del ser" (Heidegger)
Un primer contacto puede ser observar el diálogo que se mantiene con uno mismo. Allí se condensan gran parte de los pensamientos, ideas, preocupaciones y obsesiones que ocupan la mente. Estos diálogos ocurren de manera continua, seamos conscientes o no, y pueden aportar una información valiosa sobre uno mismo. Las palabras, el tono, la manera de expresarse, incluso a nivel interno, ejercen una gran influencia. Nos sentimos muy diferentes al hablarnos de manera crítica o despectiva que si predomina un tono comprensivo y tranquilizador. Buscar el silencio o la quietud permite empezar a escuchar ese diálogo.
2. El cuerpo
"He dejado de hacer preguntas a las estrellas y libros; he empezado a escuchar las enseñanzas que me susurra mi sangre" (Hermann Hesse)
A veces vivimos escindidos del cuerpo, considerado comúnmente como el hermano tonto de la cabeza. Al no entender sus cambios, su lenguaje, ni el sentido de los síntomas, se presta poca atención a sus mensajes. Más bien se intentan controlar o tapar esas señales cuando resultan molestas u obligan a modificar los planes. Sin embargo, el cuerpo es el canal de conexión entre el mundo exterior y el interior. A través de él experimentamos y percibimos la realidad, y a la vez refleja nuestra historia. Cada síntoma o manifestación corporal dice algo de nosotros.
Quizá no podamos comprender siempre sus razones, pero es preciso aprender a confiar más en la sabiduría del propio cuerpo. En lugar de bloquear sus señales, se puede optar por escucharlas. En vez de desconectar de las sensaciones, se pueden utilizar como indicaciones útiles.
3. Las emociones
"Las emociones, cuando se integran con la razón, nos hacen más sabios" (Leslie S. Greenberg)
También las emociones han sido consideradas inferiores a la razón, como un vestigio de nuestra parte más primitiva e instintiva. No es de extrañar que produzca tanto miedo adentrarse en ellas.
La emoción es ciertamente más antigua que la razón, pues constituye un tipo de inteligencia más instantánea. Si se despierta miedo o rabia, todo el cuerpo se prepara para la acción, pues ante un peligro real no hay tiempo para pensar. Sabemos que dejarse llevar por la emoción puede suponer un problema, pero ignorar o reprimir lo que se siente, también, pues la tensión emocional acumulada tiende a desbordarse. Una buena medida es mantener una conexión continua con las propias emociones, lo cual suele ser garantía de una mayor capacidad para encauzarlas. La emoción es un indicio que informa de cómo estamos viviendo algo y, bien utilizada, puede ayudar a resolver situaciones o mejorar la relación con los demás.
4. El inconsciente
"La mente es un profundo océano, pero nosotros solo logramos ser conscientes de la leve espuma de la superficie" (Henry Laborit)
El inconsciente, más allá de la visión negativa que a veces se tiene de él como un sumidero de impulsos o recuerdos reprimidos, constituye una parcela enorme de la mente (se le atribuye en torno al 85% de la capacidad cerebral) repleta de posibilidades aún desconocidas.
La mente consciente se encarga de razonar, discriminar, analizar la información y tomar decisiones. La mente inconsciente actúa de manera totalmente distinta: controla las funciones involuntarias del organismo, capta y almacena toda la información de los sentidos y contiene la memoria emocional. El psiquiatra Carl Gustav Jung lo definía como un pozo inabarcable de información al que es posible asomarse para aprender tanto acerca de uno mismo como del mundo.
Las intuiciones, los sueños, los momentos de inspiración tienden un puente entre consciente e inconsciente. Nuestra mente almacena muchos datos, impresiones y percepciones que no conocemos, pero que en un momento dado pueden aflorar a la superficie. Contamos con una sabiduría que va más allá de la razón, y que se muestra de manera más clara cuanto más conectamos con nosotros mismos. 

¡¡¡QUE PENA PERDISTE EL ALMA?




Cuando el hombre descubrió el espejo empezó a perder su alma" (Erich Fromm)
Hay personas que logran mantener viva esa conexión consigo mismas, e incluso utilizarla para diferentes fines, mientras que para otras supone una sensación lejana, casi olvidada. Cuando somos niños poseemos esa capacidad de manera natural. Sin embargo, con el tiempo esta comunicación puede ser interferida. En esa desconexión influye, por un lado, la primacía que se otorga a la razón por encima de otras funciones como percibir o sentir. Se confía en lo que se puede comprobar o palpar, mientras que se relega lo subjetivo a un papel casi insignificante.
Por otro lado, la capacidad de ser conscientes supone un arma de doble filo. Conecta a la persona con su realidad interna, pero también bloquea lo que no se ajusta a lo establecido.

¿QUIERES CONOCERTE?



Conectar con nosotros Mismos
CRISTINA LLAGOSTERA


A veces somos demasiado racionales. Y mucha gente decide no atender ni al lenguaje del cuerpo ni a las intuiciones ni a las emociones. A costa de no conocernos bien y perder el rumbo.
Una paradoja de nuestra época es que el ser humano es capaz de viajar por el espacio, estudiar la estructura íntima de la materia o cartografiar su propio mapa genético, pero seguir siendo un desconocido para sí mismo. Nuestra atención se proyecta continuamente hacia fuera, fascinada ante la complejidad y los misterios del mundo. Contamos con conexiones fáciles e instantáneas con el exterior -Internet, televisión, móviles...-, pero quizá no sabemos cómo acceder a nuestro interior.
“Es preciso confiar más en la sabiduría del propio cuerpo. En vez de bloquear sus señales, podemos optar por escucharlas”
Descuidar esta conexión sin duda tiene un precio. Sensaciones de vacío, sinsentido y confusión señalan de manera más o menos intensa que se ha perdido ese contacto íntimo con la propia esencia. Y vivir volcado hacia fuera puede hacer que se pierda una parte importante de la experiencia: la que transcurre dentro.
Las emociones, las sensaciones, los mensajes del cuerpo, los pensamientos, la voz de la intuición aportan la información más constante y directa de que disponemos. Solo desde esta conexión interna una persona puede estar centrada, sabiendo quién es y hacia dónde desea dirigirse.

CADA DIA SALE EL SOL..





EN LAS GRANDES CRISIS, EL CORAZÓN SE ROMPE O SE CURTE

A pesar de la capacidad de adaptación de los humanos, la crisis actual tiene un formato que, en algunos casos, impide que esa facultad cumpla sus funciones. Sufrimos un golpe y nos adaptamos. El problema es que actualmente algunas personas reciben un golpe tras otro: se quedan sin casa, pierden el trabajo…..
Otra losa de esta crisis es la incertidumbre. No nos deja dormir. Los humanos, cuanto más estable y controlable vemos el mundo, mejor estamos física ypsicológicamente. Esta crisis nos lo pone difícil para ver el mundo manejable. Es una trampa en la que solemos caer cuando la desesperación nos sacude.. “Sé que me va a pasar algo bueno”, presiento que antes de dos meses tendré trabajo”. Estos pensamientos nos provocan paz unos minutos, pero son extremadamente peligrosos. ·Desear lo mejor y estar preparados para lo peor”. Esta frase significa desear encontrar un trabajo rápido. Ese deseo  nos  anima y pone en marcha. Y prepara para la posibilidad de que tarde muchos meses encontrarlo.
Del prodigioso cerebro de Einstein surgieron ideas que revolucionaron nuestra visión del mundo. El tiempo es relativo. Para el común de los humanos, esa idea nos resulta incomprensible. Él decía: “Los problemas que tenemos no pueden ser resueltos en el mismo nivel de pensamiento que los ha creado”. Esto es, no le quedó más remedio que dinamitar muchas premisas, preconcepciones, ideas-pilares de la física para poder llegar a su nueva visión.
Romper con lo previo para alcanzar una nueva mirada en un proceso mental que también caracteriza a las personas que salen airosas de situaciones traumáticas. De hecho, se estima que dos tercios de los sujetos que viven este tipo de circunstancias no solo son capaces de superarlas, sino que acaban por crecer personalmente. La situación les fuerza a ponerse en un nivel superior si quieren afrontar el dolor. Aprenden grandes lecciones de vida ya que se quedarán con ellos. Desde su silla de ruedas, una mujer de 34 años me explicaba que antes del accidente, 11 años atrás, solía compadecerse de sí misma y caer en profundos pozos negros. “Ahora no me puedo permitir ese lujo”. Fueron sus palabras.
Subir de un nivel a otro suele conllevar sufrimiento. Pero llegar resulta liberador. A ese escalón más elevado cada uno llegamos a nuestra manera: logrando resituar nuestros valores hasta ver absurdas algunas cosas que nos preocupaban en el pasado, aprendiendo a ser humildes hasta quitarnos de la boca “eso nunca me pasará a mí” dándonos cuenta de cómo podemos ayudar a los demás y ellos a nosotros, consiguiendo que no nos afecte “el que dirán” hasta liberarnos de la opinión ajena, asumiendo nuestras debilidades hasta hacernos fuertes. Y, sobre todo, recordando que tras la tempestad, los rayos del sol vuelven a asomar entre las nubes.
Moix.

¡¡¡NO TE DEJES ABORREGAR!!!




¡¡¡EL TRABAJO DA LA LIBERTAD!!!

Ya desde los tiempos de AUSCHWITZ-BIRKENAU los inquilinos del universo vamos marcados e identificados con un número. Actualmente han sustituido el tatuaje en la piel por un número de móvil pero, sin duda, estamos igual de esclavizados.
En BIRKENAU LA POBLACIÓN ESTABA SOMETIDA A UN CONTROL FÍSICO POR MEDIO DEL TERROR Y LA REPRESIÓN; 60 años después, en el UNIVERSO GLOBAL, además nos siguen y vigilan mediante satélite “GPS”.
Como en BIRKENAU, la existencia la tenemos controlada con números y en nuestro caso tiene 7 cifras para el enriquecimiento de nuestros opresores. En BIRKENAU, LOS INQUILINOS PAGABAN CON LA VIDA Y NOSOTROS LO HACEMOS CON TARJETA DE CRÉDITO. Si, si realmente las herramientas de control se han sofisticado y ahora se controla a la masa a través de complejas aplicaciones informáticas que sustituyen a las alambradas de BIRKENAU. Compramos por internet, nos “formamos e informamos” a través de las redes sociales y todo a través del dichoso número.
Nuestra identidad nos la dan y confirman las operadoras de telefonía y el pasaporte es su factura telefónica. Mediante los rasgos de consumo obtienen nuestro perfil y costumbres y desde ellos nos inculcan sus intereses capitalistas.
Liberarse de los “VOPOS” informáticos es importante pero sin entrar en la incultura. Estar en vigencia con la época es preciso aunque, como con los venenos, en pequeñas dosis.
¡¡¡no te dejes sustituir por un número!!!

EN ESTA VIDA HAY QUE MORIR VARIAS VECES PARA DESPUÉS RENACER. Y LAS CRISIS, AUNQUE ATEMORIZAN, NOS SIRVEN PARA CANCELAR UNA ÉPOCA E INAUGURAR OTRA.




LA CRISIS SE PRODUCE CUANDO LO VIEJO NO ACABA DE MORIR Y CUANDO LO NUEVO NO ACABA DE NACER.
Concepción, divorciada y con dos hijas, vive en casa de su madre mientras espera encontrar algún trabajo y que su exmarido (también en paro) le pase la pensión. Vive avergonzada. A sus vecinos no les dijo que el piso se lo quitó el banco, sino que simuló que se mudaba. La vergüenza y la tristeza se mezclan con la rabia de las situaciones humillantes que tienen que vivir. Le pidieron dinero para tener derecho a acceder a una entrevista de trabajo, y en una empresa de venta de cursos de coaching le solicitaron que pagara por anticipado las futuras ganancias. Sonría cuando está con sus hijas mientras la pena la destroza por dentro. Esta historia está inspirada no en uno, sino en muchos casos reales.
¿Cuáles son las etapas por las que pasamos tras sufrir un duro golpe? La respuesta es: no hay etapas. La mayoría de estudios demuestran que cada uno reaccionamos a nuestra manera. Así que no debemos creer que hay una única forma de superar las circunstancias adversas. Por eso mismo, debemos huir de las de las comparaciones. No nos podemos fijar en los demás porque, entre otras cosas, al otro lo veremos por fuera, no por dentro, y desconocemos las emociones que recorren su interior.
Nuestro estado anímico tiene una textura elástica. Por muy inverosímil que parezca, muchas investigaciones concluyen que la mayoría de las personas, tras golpes de suerte, como ganar grandes cantidades en la lotería, o grandes desgracias, como quedarse parapléjico, a los 12 meses, pasada la euforia o la depresión, vuelven a ser las de antes.
La resiliencia se define como la capacidad de adaptación, para encajar y resistir golpes sin rompernos y volver al  estado inicial. Se creía que solo algunas personas poseían esta capacidad. Hoy se sabe que la gran mayoría de nosotros somos resilientes.
Los seres humanos tenemos una maquinaria cognitiva no consciente que nos ayuda a cambiar nuestras visiones del mundo para poder sentirnos mejor. También se afirma que tenemos un mecanismo genético que protege nuestro estado de ánimo. Recurrimos a comparaciones que nos favorecen “Yo estoy en paso, pero fulanito tiene una enfermedad grave”.
Cuando después de una hecatombe volvemos a sonreír porque nos hemos  adaptado a la nueva situación, alguien podría pensar que esa sonrisa es en realidad falsa, pero ese bienestar es real. La autenticidad de las emociones no viene dada por las circunstancias, sino por cómo las vivimos.
Dos de los grandes pilares de los sujetos resilientes son: la conexión con otras personas y el optimismo. No solo están muy bien conectados, sino que saben utilizar esos contactos. Además del apoyo práctico que nos pueden brindar los amigos, la ayuda emocional no tiene precio. Cuando explicamos lo que nos pasa, tenemos que sacar el problema de dentro afuera. Para hacerlo, esa gran bola que ocupa nuestra cabeza debe ser troceada en pedacitos. Si cortamos el problema a trozos ya lo transformamos en algo más abarcable.
El segundo gran pilar es el optimismo. Ser optimista no consiste solo en mirar positivamente el futuro, sino también el pasado. No es lo mismo girar la cabeza hacia atrás y atribuir lo que nos pasa ha pasado a algo modificable que pensar que es culpa de alguna característica intrínseca nuestra. Los optimistas suelen atribuirlo a circunstancias que se pueden cambiar, lo que provoca que vean el futuro más controlable.

DETERMINADOS ¿HASTA DONDE?



“Al explicar la conducta y el pensamiento humanos, la posibilidad de que la herencia desempeñe algún papel tiene aún la capacidad de impresionar” 
(Steven Pinker)
Una de las pruebas de que a los humanos nos cuesta creer en la determinación de los genes es la feroz crítica de la que son objeto los expertos que la defienden. Un ejemplo lo constituyen Richard Herrnstein y Charles Murray. Ellos publicaron The Bell Curve, donde sostienen que las diferencias en los test de inteligencia entre los estadounidenses negros y blancos se deben no solo a causas ambientales (o sea, al aprendizaje), sino también a diferencias genéticas. Críticas igualmente despiadadas recibió Judith Rich Harris cuando publicó El mito de la educación, donde señala que la personalidad de los niños está configurada tanto por sus genes como por el medio.
Un colectivo a quien también le cuesta admitir las diferencias genéticas, en este caso entre hombres y mujeres, lo constituyen algunas feministas. En algunos casos han llegado a afirmar que todas las diferencias de género, excepto las anatómicas, se deben a los diferentes roles que nos otorga la sociedad.
Las diferencias genéticas entre hombres y mujeres existen, pero eso no puede hacer tambalear nuestro objetivo de igualdad. La inteligencia general es igual en término medio entre los dos sexos, y prácticamente todos los rasgos psicológicos se pueden encontrar en diversos grados entre los miembros de cada uno de ellos. Dicho de otro modo, cualquier generalización sobre un sexo siempre será falsa para muchas personas. Que hombres y mujeres nazcamos con unas tendencias no significa que la educación no nos module. Obviamente, debemos seguir luchando para que niños y niñas reciban una educación no sexista.
Melisa Himer, en el año 2002, realizó un experimento para comprobar las preferencias en cuanto a juguetes de individuos de los dos sexos de muy corta edad. Les puso a su alcance juguetes de marcado sesgo sexista: un camión y una pelota, una muñeca y una sartén. El sexo masculino prefirió el coche y la pelota, mientras el femenino, la muñeca y la sartén. Lo más increíble es que los sujetos ¡eran monos!
Son incontables las investigaciones que demuestran que muchas de las diferencias entre hombres y mujeres hunden sus raíces en los genes. No nacemos como una tabla rasa. Salimos del útero materno ya con nuestras tendencias. He aquí un escalofriante ejemplo: Este suceso ocurrió en Estados Unidos en la década de los setenta. El triste protagonista de la historia fue un niño de ocho meses que perdió el pene en una circuncisión mal hecha. Sus padres consultaron al famoso investigador John Money, quien había dicho: “La naturaleza es una estrategia política de quienes están obligados a mantener el statu quo de las diferencias de sexo”. Les aconsejó que dejaran que los médicos castraran a su hijo y que le implantaran una vagina artificial. Eso hicieron, y a su “hija” nunca le contaron lo sucedido.
Años más tarde, en un artículo del New York Times se publicaba que “Brenda” (en realidad, Bruce) avanzaba en su infancia como una auténtica niña. Eso era lo que la sociedad y los mismos padres deseaban creer, pero la verdad era que desde muy pequeña Brenda se sentía un niño atrapado en un cuerpo de niña. Rasgaba los vestidos, rechazaba las muñecas y prefería las armas, le gustaba jugar con chicos e insistía en orinar de pie. A los 14 años decidió que o bien vivía como un niño, o bien se quitaba la vida. Finalmente, su padre le contó la verdad. Se sometió a una serie de operaciones para volver a asumir su identidad masculina y hoy está casado con una mujer. La educación no lo es todo.
Cuando hablamos de los rasgos físicos, el peso de la herencia nos parece evidente. En las psicopatologías, la herencia también juega un papel. ¿Cuál es el mejor indicio de que una persona llegará a ser esquizofrénica? Tener un hermano gemelo univitelino que sea esquizofrénico. La misma respuesta la podríamos dar si preguntáramos sobre el autismo, la dislexia, las depresiones graves, el trastorno bipolar, el trastorno obsesivo compulsivo… Pero, cuidado, esto no significa que si tenemos un gemelo esquizofrénico, lo seremos seguro con el 100% de probabilidades. La genética no nos determina totalmente; siempre el ambiente, lo que vivimos, influye en alto grado.

¿UNA CARACTERÍSTICA HUMANA ES EL ESFUERZO?



El peso de nuestros genes
JENNY MOIX

El determinismo de nuestros genes desentona en nuestra visión de la vida. Aceptar que influyen en cómo somos y lo que hacemos nos ayudará a comprendernos mejor.
Imaginemos que siempre nos ha hecho ilusión estudiar antropología por la universidad a distancia, y de repente lo vemos claro y decidimos matricularnos al día siguiente. Mientras este pensamiento flota por nuestra mente, suena el teléfono. Es un hermano gemelo univitelino (con los mismos genes que nosotros) cuya existencia desconocíamos. Durante la conversación descubrimos estupefactos que nuestro hermano acaba de escoger la misma carrera, se casó en las mismas fechas que nosotros, a su hijo le puso el mismo nombre que nosotros al nuestro y ha votado al mismo partido.

“Nos gusta creer que todos nacemos iguales.Es una idea más romántica que pensar que nacemos con algunos dados ya tirados”
“Si asumimos nuestras tendencias genéticas, nuestra mirada hacia la vida se volverámás humana y comprensiva”


Aunque esta situación es solo hipotética, las increíbles coincidencias que se dan entre gemelos univitelinos adoptados por diferentes familias ¡son del mismo calibre! Y ante este hipotético hecho, Steven Pinker, catedrático y gran experto en la mente humana, arroja una inquietante pregunta: “¿Qué grado de criterio propio tuvo ese nosotros que tomó las decisiones, si el resultado se podría haber predicho de antemano, al menos de forma probabilística, a partir de unos sucesos que ocurrieron en las trompas de Falopio de nuestra madre hace ya bastantes años?”.
Nos gusta creer que todos nacemos iguales. Parece más ético e incluso más democrático. Preferimos suponer que nuestro destino depende exclusivamente de lo que hagamos, que somos libres para diseñarlo como queramos. Es una idea más romántica que pensar que nacemos con algunos dados ya tirados. Nos agrada pensar que los bebés son como páginas en blanco. Y en este ramillete de preciosas ideas que decora nuestra mente, el determinismo de nuestros genes desentona.
admitir la determinación genética

¿EL LENGUAJE ES LA EXPRESIÓN DEL ALMA?




“Nuestro lenguaje es un indicador muy fiel de cómo nos vemos como personas”
(Stephen R. Covey)


Cuando descubrimos que nuestra comunicación con los demás no funciona como esperamos, la primera reacción suele ser de autocontrol: tomamos consciencia de los mensajes que lanzamos a nuestro alrededor y hacemos todos los esfuerzos posibles para evitar los que no son bien recibidos. Esta es una respuesta que tiene un apreciable valor, pues demuestra que somos conscientes de que tenemos un problema y que queremos resolverlo. Pero esta estrategia tiene un recorrido limitado, y en general no durará. En relativamente poco tiempo bajaremos la guardia y volveremos a la comunicación que nos sale de dentro. Así pues, el verdadero cambio en nuestra comunicación no se producirá si no realizamos primero un cambio interior. Y no podemos hacer este cambio interior si en primer lugar no descubrimos qué nos decimos a nosotros mismos, es decir, cuál es nuestro diálogo interior.
Este es el primer paso esencial, porque lo que decimos a los demás es, en su esencia, fiel reflejo de lo que nos decimos a nosotros mismos, y no podremos cambiar la actitud hacia los demás (actitud que se traduce en determinados mensajes hacia ellos) si no cambiamos la actitud hacia nosotros.

¿EL PRÓJIMO?




Así me trato,
así trato a los otros
FERRÁN RAMÓN-CORTÉS

La comunicación con los demás acaba siendo reflejo de la comunicación con uno mismo. ¿Tenemos consciencia de nuestro diálogo interior? Sin hacerlo no podremos cambiar nuestra actitud hacia los demás.
Conocí a un ejecutivo de una importante multinacional que tenía fama de ser obsesivamente perfeccionista. Ello se traducía en una altísima exigencia con sus colaboradores. Sus mensajes a su equipo eran siempre los mismos: “Seguro que lo puedes mejorar… ”, “si le das otra vuelta, todavía le puedes sacar más jugo…”, “está bien, pero todavía no está al cien por cien…”. Más de una vez me había explicado con impotencia que se desesperaba con el bajo nivel de autoexigencia de sus colaboradores. “Se conforman con cumplir, pero no van a buscar nota”, me decía de ellos.

“Hay dos momentos esenciales para descubrir qué nos decimos a nosotros mismos: cuando algo nos sale bien y cuando algo nos sale mal”

En cierto momento pasó una importante crisis profesional. Sus colaboradores, desmotivados y con una sensación creciente de estar permanentemente presionados, se amotinaron y le echaron en cara su desmesurado perfeccionismo. Él aceptó la crítica y prometió intentar comunicarse con ellos de forma diferente. Lo cierto es que lo intentó, y durante un tiempo realizó un loable esfuerzo por evitar los mensajes de exigencia y por transmitir mensajes de aliento y motivación.
Pero el cambio duró poco. Una tarde me confesó que lo había intentado con todas sus fuerzas, pero que no lograba interiorizar aquella nueva forma de comunicarse con los demás, y cuando bajaba la guardia, volvía a los mensajes de exigencia. Hablamos largamente, y durante aquella conversación me relató un episodio de su trabajo que me dio la clave de lo que le estaba ocurriendo. Me habló de una reciente presentación que había hecho al consejo de administración. “¿Cómo te fue?”, le pregunté. “Bastante bien”, me dijo. “Pero soy consciente de que no estaba al cien por cien. Podía haberlo hecho mejor…”.
Contigo, conmigo